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25/2/15

EL MUSEO ABC, por Juan M. Querejeta

Ilustración de Rafael de Penagos

Hoy quiero hablar del Museo ABC, sito en la calle Amaniel de Madrid, por dos motivos.
El museo ocupa un edificio moderno y atractivo de nueva planta, situado en el mismo lugar que en 1900 ocupó la primera fábrica de cervezas MAHOU de la ciudad. Sirvan como la mejor presentación unas palabras extraídas de la página web del propio museo (http://museo.abc.es):

«El germen, alimento y fondo artístico del Museo ABC de Dibujo e Ilustración es la Colección ABC iniciada en 1891. Un legado único, un siglo de arte gráfico que se ha nutrido con la obra de 1.500 artistas de todos los estilos, técnicas y tendencias del dibujo y la ilustración hasta alcanzar las casi 200.000 piezas de que hoy dispone.»

Por si existe alguna duda sobre la calidad de ese siglo de ilustraciones, en el museo pueden adquirirse una serie de libros y catálogos que por sí mismos merecen una visita.

Ilustración de Méndez Bringa
A pesar de la corta vida de la nueva sede, en ella se han celebrado ya exposiciones memorables con obras de artistas españoles y extranjeros de talla internacional, tanto clásicos como actuales. Hace unas semanas comenté en estas páginas la exposición sobre el ilustrador español Eulogio Varela. En esta ocasión han sido las obras de Narciso Méndez Bringa las que me han cautivado, con sus encuadres fotográficos de la realidad social y costumbrista, y su destreza en el detalle pero sin empachar, con los recursos justos. Ambos, Méndez Bringa y Varela junto con Casas, Penagos y tantos otros, forman parte del ejército de artistas que han desfilado a lo largo de la historia por las páginas de ABC, de Blanco y Negro y de otras reputadas revistas gráficas. Si uno se molesta en bucear por aquí y por allá buscando obras de ilustradores españoles de finales del XIX y principios del XX se da cuenta de la cantidad y la calidad de los mismos, y también de que, salvo unos pocos, son prácticamente desconocidos para la mayoría de la gente. ¿Por qué nos estamos olvidando de ellos?

Ilustración de Méndez Bringa
 El segundo motivo que me ha llevado a escribir estas líneas es la extraña sensación que experimento cada vez que visito las salas del museo, casi siempre vacías de público. No encuentro la razón de que acudan tan pocos a las exposiciones que se celebran allí, aunque en muchas ocasiones resulten más interesantes que otros eventos que tienen lugar en la ciudad. Es cierto que, por ejemplo, la exposición de los storyboard de Kurosawa estuvo más animada, al menos el día que fui yo, pero por lo general da cosa moverse por las salas vacías sintiéndote como un intruso. No lo entiendo. O tal vez sí. Tal vez sea que al tradicional desprecio con que solemos tratar los españolitos todo lo nuestro, como es el caso de los artistas antes mencionados, se le une cierta «pereza» que sienten muchos a la hora de ir a la sede de determinado periódico. Estoy convencido de que si cualquiera de las exposiciones se hubiese celebrado, por ejemplo, en CaixaForum o en la sede de otro periódico habría acudido más gente. Y es que me da el tufillo de que hay mucho prejuicio y se mezclan el gusto por las artes con ideas de otro tipo.

         JUAN M. QUEREJETA

14/1/15

TEATRO SOSTENIBLE, CINE SOSTENIDO, por Juan M. Querejeta




Hace pocos días leí en el diario EL MUNDO que RTVE había pagado un millón de euros por un pase (el 1 de marzo de 2013) de la película La piel que habito. Exactamente 1.040.600 euros (para quien haya perdido la noción de las cantidades, más de 173 millones de pesetas) según datos de la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE). El artículo planteaba dudas sobre la "rentabilidad" de la emisión en la televisión pública de algunos largometrajes teniendo en cuenta la relación coste-audiencia. La película de Almodóvar, por ejemplo, habría obtenido un share del 15,72%, mientras que el largometraje de Alex de la Iglesia Balada triste de trompeta ocupa el segundo lugar de la tabla, con un coste de emisión de 889.850 euros y un share de tan sólo el 3,28%.
Estos datos pueden resultar más o menos llamativos en sí mismos, pero no he podido evitar relacionarlos con lo que planteaba en mi anterior intervención en estas páginas, hace unas semanas, sobre las posibles ayudas al teatro por parte de las televisiones públicas. ¿De verdad merece la pena pagar esas cantidades de dinero público por un único pase? Tal vez haya quien lo justifique para determinadas películas, pero me cuesta aceptar que se haya pagado tanto por la de Almodóvar, o casi medio millón por el pase de Gordos y otro tanto por el de Primos, ambas de Daniel Sánchez Arévalo. Lo siento, me parece una barbaridad, aunque admito que ésta es una apreciación subjetiva.
Por lo visto, los pases en la televisión pública forman parte de la contribución obligada por ley para apoyar al cine español, lo que nos debería hacer pensar en los criterios aplicados para otorgar las subvenciones. Me he dado una vuelta por la red buscando datos y opiniones sobre dichos criterios y la verdad es que cada cual se lleva el tema a su terreno, y eso es exactamente lo que voy a hacer yo:
¿Por qué no utilizar para el teatro los mismos mecanismos de apoyo al cine? No se trata sólo de hacerlo económicamente viable, que también, sino de fomentarlo. El cine no necesita ser fomentado. Todo el mundo es aficionado al cine, de uno u otro género, con visiones más o menos críticas, con diferentes perspectivas o exigencias intelectuales, pero todo el mundo va alguna vez al cine. En cuanto al teatro, sin embargo, hay mucha gente que ni siquiera lo conoce. Por eso pienso que es tan importante llevar el espectáculo dramático a la pantalla del televisor. Resulta por lo menos curioso que desde hace años exista un número de largometrajes —no he podido conseguir las cifras— que, aun siendo subvencionados, no llegan a estrenarse. SE EMPLEA DINERO PÚBLICO EN SUBVENCIONAR PELÍCULAS QUE NO SE VEN. El teatro, o se estrena o no existe. Ningún organismo pone un euro para una obra que no llega a pisar las tablas.



Y hablando de subvenciones al arte ¿Qué pasa con la literatura? ¿Y con las artes plásticas? ¿Y con la música o la danza? A un escritor del montón nadie le anticipa dinero público para un proyecto, y los escritores consolidados, pocos, a lo más que aspiran es a que una editorial les encargue un libro, siempre desde la iniciativa privada. Sin embargo, es la gente del cine la que no para de piarlas —con más o menos razón en según qué casos—, cuando deberían centrarse en la adaptación a los nuevos tiempos. Llevan mucho tiempo protestando sonoramente, conscientes de que su medio artístico es el más influyente en la opinión pública. Desde la pantalla —y desde eventos pagados con dinero público como son las galas— se puede hacer más y mejor proselitismo de muchas cosas, y de eso se valen.
Y llegamos al tema del IVA. Es innegable que la subida del IVA cultural hasta el 21% ha sido, cuando menos, una torpeza, y también es innegable que la repercusión para el teatro ha sido mucho más significativa que para el cine. La subida del 13% para una entrada de cine supone un incremento medio de 80 céntimos, mientras que en el teatro el incremento medio sería de casi 3 euros. Si la gente no va al cine —o va menos— es, fundamentalmente, porque se baja las películas de Internet en lugar de verlas en las salas comerciales, que, por cierto, se parecen cada vez más a un merendero. España es uno de los países donde más se critica la política de ayudas y, al mismo tiempo, donde más se piratean el cine y las series televisivas. Esa doble moral tan nuestra.
JUAN M. QUEREJETA

3/12/14

EL TEATRO EN TV, por Juan M. Querejeta

       
      Sueño de una noche de verano, Julio César, El mercader de Venecia, Calígula, El enfermo imaginario, El avaro, Las brujas de Salem, Un enemigo del pueblo, La casa de las chivas, Los caciques, El concierto de san Ovidio, El comendador de Ocaña, El alcalde de Zalamea… ¿Hace falta seguir enumerando obras para comprender lo que significó el programa Estudio 1 de Televisión Española?
       Para mí significó mucho. Cuántos españolitos nos aficionamos al teatro viéndolo en la tele. Algo parecido sucedió con deportes antes minoritarios, como el tenis. No vale decir que en televisión se pone lo que pide la gente. A la gente se la puede «orientar» si se hace con gusto y paciencia. Un Buero entre un Jardiel y un Miura, o un Shakespeare entre un Bernhard y un O’Neill pueden facilitar la entrada del gran público en la familia de los aficionados al teatro. Si hay voluntad de hacerlo, claro. Y para ello es fundamental la colaboración de las televisiones, sobre todo de las televisiones públicas, porque de la privadas poco puede esperarse en lo que a difusión de la cultura se refiere.      
      ¿Cómo hacerlo? La experiencia de grabar directamente en la sala no resulta atractiva; cuando se ha hecho, ha resultado algo frío, distante. Hay que respetar los formatos y los códigos utilizados en cada medio: los del drama representado ante el público y los del drama grabado en un estudio de televisión. Esto puede parecer demasiado costoso, más aún dados los tiempos que corren; sin embargo, creo que el teatro grabado para su emisión con una periodicidad, por ejemplo, quincenal, no tiene por qué salir mucho más caro que los diez capítulos que se emiten en esas dos semanas de cualquier telenovela chorra.
       Si el problema es el dinero, podría hacerse algo parecido a lo que se hace con el cine. Pongamos que una cadena de televisión participa, apoya, subvenciona la producción de una obra teatral (un clásico o la obra de un autor contemporáneo) con la contrapartida de que, una vez que finalice la temporada, la emisora pueda programar dicha obra previamente grabada en estudio por la misma compañía que la representó en el teatro. De esta forma se pone un dinerito para que sean posibles las representaciones en las salas y, a cambio, la empresa televisiva tiene buen material que programar.
       Pero hay que tener voluntad de dignificar la caja tonta. Estos días me he asomado a las hemerotecas para consultar la televisión que se hacía en los últimos años del franquismo y primeros de la transición. Les recomiendo que lo hagan y verán qué sorpresas se llevan. Por ejemplo, en los primeros años 70, Televisión Española programaba entre 5 y 8 horas semanales de espacios dramáticos, tanto obras de teatro como novelas dramatizadas (inolvidable la adaptación de El Conde de Montecristo.) Hubo temporadas en las que se emitían dos espacios teatrales en la semana: el tan alabado Estudio 1 en la primera cadena compartiendo parrilla de programación con otros espacios en la segunda cadena, como Pequeño Estudio, Clásicos de Siempre, etc. Resulta curioso comprobar que, por ejemplo, el martes 2 de marzo de 1971 se emitiera en la segunda cadena de TVE Repugnancia, dentro del espacio Los cuentos de Chéjov. ¡CUENTOS DE CHÉJOV LOS MARTES!
     Debería ser justo y resaltar que La 2 de TVE emite actualmente un montón de programas culturales (documentales sobre temas históricos, biografías, espacios de naturaleza, etc.) mientras que las cadenas privadas se han volcado en la televisión fácil y vergonzante, pero el Teatro, tema que nos ocupa en estas páginas, ha desaparecido de la pequeña pantalla. Otra cosa diferente es que se emitan espacios sobre teatro.      
    Y uno se pregunta: ¿Es que eran más cultos los telespectadores del franquismo? La pregunta es peliaguda. Una respuesta afirmativa significaría que desde el advenimiento de la democracia nos han ido aborregando concienzudamente, pero si la respuesta es negativa, significa que están en ello y no pararán hasta conseguirlo. Claro que, pienso, en gran parte es por culpa nuestra, pero ese sería otro tema. Recuerdo una entrevista televisiva de hace unos años a la entonces jovencísima cantante Niña Pastori, en la que la ¿periodista? le preguntaba sobre su marcha en el colegio. La cantante dio a entender que había abandonado los estudios, a lo que la ¿periodista? le dijo algo así como «para lo que sirven» Probablemente, esa misma ¿periodista? esté escribiendo ahora sobre el maltrato a la cultura por parte de las autoridades.


(Las imágenes corresponden a las emisiones de Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose, Julio César, de William Shakespeare, Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen y Urtain, de Juan Cavestany.)

             JUAN M. QUEREJETA

29/10/14

AUTO… ¿QUÉ?, por Juan M. Querejeta


      Lo confieso. Tras mucho tiempo de darle al coco y de consultar a mi conciencia sobre si estaba bien o estaba mal el procedimiento, acabo de autopublicar una obra de teatro. Y me ha hecho mucha ilusión. Lo siento por los puristas, pero si quería tener la obra en papel y dispuesta para darla a conocer, para que fuera «visible», no tenía otra manera de hacerlo. Previamente había consumido horas leyendo artículos en Internet sobre la autopublicación, o la autoedición, o como quieran llamarlo, porque en el fondo y en lo que a mí me importa, me daba igual como llamen al asunto. Lo que algunos autores llaman autoedición es en realidad «edición por encargo». Tú pagas a un editor para que sus profesionales te corrijan, diseñen, maqueten, impriman y publiciten tu obra. Esa ha sido mi opción. En adelante hablaré de autoedición para referirme a cualquiera de las tres variantes, ya que sólo pretendo diferenciarlas de la edición clásica en la que una editorial corre íntegramente con el coste de la publicación de tu obra.
       Como fruto de mis pesquisas en la red sobre el tema destacaré dos artículos que me han aclarado muchas cosas. La más importante, que tal vez haya mucho divismo y mucho rencor escondidos tras una supuesta «profesionalidad» del autor literario. Los artículos son: «Autoedición vs publicación de vanidad», de Antonio Castro, publicado en junio de 2009 en su blog multi-temático, y «Cuando publicar no vale nada», de José Antonio Francés, publicado en febrero de 2014 en la revista digital VÍSPERAS Revista contemporánea de reseñas literarias.      
      Todo el mundo sabe que hoy día, publicar a la antigua usanza sólo está al alcance de los autores consagrados, los ganadores de concursos y pocos más. Esperar a que en una editorial lean tu manuscrito y lo publiquen es como esperar a que la Luna deje de girar alrededor de la Tierra. Por otra parte, la mayoría de los concursos parecen diseñados para que los gane fulanito o menganita. En todo caso, serían muy pocos los agraciados con un premio que conlleve la publicación de la obra. De ahí el éxito de la autoedición, sea en soporte digital o en papel.

       Si hablamos de la edición en papel, muchos autores que dicen haber recurrido a la autoedición, realmente se han limitado a pagar a una editorial para que saque su obra (edición por encargo). Es la opción más cómoda y profesional. A estos escritores Antonio Castro los denomina escritores consumidores, y dice de ellos: «Me refiero a aquellos que se contentan con ver su obra impresa y se limitan a comprar unos pocos ejemplares para regalarlos…» Y más adelante: «A la actividad de los escritores autoconsumidores Wendy (aquí A. Castro se refiere a Wendy J. Woudstra) la llama acertadamente publicación de vanidad y al igual que yo lo ve como algo totalmente lícito pero muy distinto de la autoedición.» Y añade Castro: «Un autoeditor que merezca ese nombre ha de controlar personalmente la distribución y comercialización de su obra.»
       Ya empezamos con las tiranteces.
       Por su parte, José Antonio Francés adopta una postura muy crítica con la autoedición. Entre otras cosas mantiene que el escritor, siempre, debe elegir quién lo juzga. La publicación, históricamente, ha tenido sus mecanismos de selección, con filtros como la propia industria editorial, los críticos y los medios de comunicación, «…depositarios del canon literario, el órgano que decide qué literatura merece la pena ser publicada y cuál no.» Según él, «Cualquier escritor con oficio y perseverancia, acababa encontrando su lugar en ese complejo engranaje.» Vamos, que quien no consigue publicar por los medios tradicionales, es porque no vale o porque no quiere.     
  A dicha tradición J.A. Francés contrapone la facilidad aportada por Internet y la publicación digital, que «…encumbra a autores desconocidos que publicaron desde el sofá de su casa y que vendieron miles de ejemplares en el misterioso laberinto de la red», mucho más caprichosa, injusta y disparatada, «…una red de internautas que igual ensalzan a Paquirrín con millones de seguidores en Twitter, que convierten en trending topic cualquier video chorra grabado en un garaje imitando a un cantante de moda.»

       Aquí me parece que Francés confunde churras con merinas. Una cosa es la proliferación de libros digitales fáciles y baratos de publicar (buenos o malos) y otra que el medio en el que aparecen sea también vehículo de millones de chorradas. Por la misma razón podríamos denostar la publicación en papel (no hay más que ver cuánta idiotez se acumula en los estantes de las librerías.) Por cierto, Francés ha publicado su artículo en una revista digital para que surque los mares electrónicos, en lugar de esperar a que los filtros de la industria le permitan publicarlo en una revista de papel. Será que no ha perseverado lo suficiente o bien que se mueve en un nivel que le permite publicar donde le plazca sin menoscabo de su prestigio. Es lo que tienen las élites.

        JUAN M. QUEREJETA

24/9/14

MI VERSIÓN, por Juan M. Querejeta

Muchas han sido las versiones que se han hecho de obras teatrales clásicas en las que se han introducido adaptaciones temporales, geográficas, sociales, con mayor o menor acierto. En ocasiones, la adaptación se limita a un simple cambio de vestuario, diseñando uno que no se corresponde con la época en que se desarrolla la historia contada en la obra original; el motivo de tal cambio puede ser aproximar la historia y sus personajes al espectador de hoy, hacerlos más familiares, o bien excitar resonancias de otros hechos, también pasados pero más recientes, que el autor/versionador quiere recordarnos. Éste sería el caso de tantas y tantas representaciones en las que, por ejemplo, los personajes del Siglo de Oro o de la Grecia clásica visten uniformes nazis o militares, que nos hacen pensar en dictaduras por todos conocidas.
Ahora bien: uno se pregunta muchas veces si son realmente necesarias esas adaptaciones. ¿Acaso el espectador no es capaz de vislumbrar el abuso de poder, la tiranía, las maldades que plasmó el autor original sin necesidad de recurrir a semejantes artificios? ¿No será el afán de parecer moderno la única razón del adaptador? ¿O acaso existen otras razones? Durante muchos años se ha venido representando el Tenorio con las mismas ropas y ambientada en la misma época, sin ningún desdoro para la obra, sino más bien lo contrario, creando lo que podríamos llamar un mito iconográfico. Mientras, se han escrito infinidad de textos ambientados en otras épocas en los que aparece reflejado una y otra vez el estereotipo del «don Juan» sin necesidad de «revestir» al de Zorrilla.

 Un ejemplo reciente de dignidad y respeto a la hora de versionar a los clásicos ha sido la representación por la CNTC de La vida es sueño, donde la versión de Mayorga, la dirección de Helena Pimenta y la interpretación de todo el elenco (con una extraordinaria Blanca Portillo al frente) demuestran que cualquier otra propuesta hubiera sido innecesaria.
  Bien. Hasta ahora sólo he hablado de las adaptaciones espacio-temporales que, tal vez, no vayan más allá de la anécdota, pero hay trabajos en los que los cambios me han parecido auténticas agresiones a la memoria del autor. Los clásicos nos han dejado historias que son universales y atemporales en su mensaje porque hablan del ser humano, de sus riquezas y de sus miserias, de sus miedos y de sus ilusiones, pero esos sentimientos pueden ser cantados o denunciados por personajes actuales en obras actuales, sin necesidad de traernos de mala manera a los edipos, a las antígonas o a los caballeros de Olmedo.
  Hace un par de años vi en las Naves del Español Antígona del siglo XXI, donde las referencias a la guerra civil, a la memoria histórica, a Irak, al asesinato de José Couso, son más que evidentes. Vale. Si es tan grande la necesidad de hablar de ello, ¿por qué no escribir obras sobre la guerra civil, o sobre nuestra participación en Irak, o sobre la muerte de Couso? ¿Por qué convertir ridículamente al adivino Tiresias en un cámara de TV? ¿Es necesaria tanta manipulación para hablar de la guerra y del poder?
  En el dossier que publicó el Teatro Español, el director y adaptador de la obra, Emilio del Valle, nos dice entre otras cosas: “Nada es más intemporal que una guerra.” “…Por eso, una guerra es igual a otra, y ésta a otra, y así hasta la extenuación.”
  Por eso mismo, añado yo.
  Y ahora vamos con otro tipo de adaptación, como es el realizado por la compañía 611Teatro de la obra Los justos, de Camus, que representarán en el Matadero de Madrid del 1 al 26 de octubre.
En la nota informativa del Teatro Español se dice: «…En el texto, Camus sumerge al espectador en la revolución rusa de 1905 y en la inconformidad de un grupo de revolucionarios que quieren atentar contra la tiranía del zar. El autor habla de ideales, de terror, de quiénes lo ejercen y de sus “justificaciones” mostrando la fina línea que separa el más bello ideal de la más aberrante acción.
Sí, pero el autor, Camus, hablaba, QUERÍA HABLAR, de rusos, no de etarras.
Me parece buena la idea de aprovechar el texto de Camus para poner sobre las tablas el problema de la ETA en su dimensión moral. Estupendo. La diferencia puede parecer irrelevante, pero en lo sustancial creo que es importante. Camus, en su obra, hablaba de los medios utilizados en la lucha para implantar el estado socialista; porque la obra forma parte de su propia «lucha» intelectual contra el comunismo. No podemos ahora introducir matices, como si diera igual hablar de esos revolucionarios rusos o de etarras, o de vaya usted a saber de quienes más. No. Cada palo en la historia tiene que aguantar su vela y más vale no mezclar. Dejemos el nombre de Camus ligado a esos protagonistas y no a otros. Aquí no hablamos solo de personajes; hablamos de protagonistas de la Historia con mayúsculas. La adaptación podría haberse hecho con otro título citando que se basaba en la obra de Camus, en lugar de publicitar carteles en los que los adaptadores se «apropian» del nombre del autor original para otros fines, digamos, no exactamente teatrales.

JUAN M. QUEREJETA

PRESENTACIÓN de "MAULEEN", obra teatral de Juan M. Querejeta

El próximo lunes 6 de octubre, nuestro compañero Juan M. Querejeta presentará su obra teatral MAULEEN, publicada por Ediciones Irreverentes (Teatro, 39). El evento tendrá lugar en la Casa del Libro de la calle Fuencarral nº 119, a las 19 h. 


18/6/14

POR SI ACASO, por Juan M. Querejeta



Cuando abres un libro con las páginas amarillentas por el paso de los años tienes en tus manos mucho más que un texto; mucho más que una obra literaria. En tus manos está la historia de ese ejemplar concreto; de cuándo, dónde y por qué lo compraste. O de quién te lo regaló y por qué lo hizo. En cualquier caso, un libro es mucho más que un simple texto; es un fragmento «tangible» de tu vida. Ahora bien: si se trata de un libro de segunda mano, de un libro usado, la experiencia se enriquece sustancialmente con el misterio de todo lo relacionado con su anterior o anteriores propietarios, y puedes preguntarte —yo me lo he preguntado muchas veces— quién y por qué se deshizo del libro. En ese caso, también es un fragmento «tangible» de otras vidas.
Hace unas semanas compré en un puesto «de viejo» un ejemplar del poemario de Pablo Neruda Cien sonetos de amor, en su cuarta edición de 1969 publicada en Buenos Aires por Editorial Losada. Estuve un rato hojeándolo, buscando algunos de los sonetos más peculiares —los hay que parecen acertijos— como el XLIV, que comienza:
«Sabrás que no te amo y que te amo
para terminar:
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.»

Podríamos hablar largo y tendido sobre la poesía de Neruda, pero lo que me ha traído a escribir estas líneas es que, cuando me disponía a cerrar el libro para guardarlo, descubrí la siguiente dedicatoria:
Para Leonor, por si acaso.
Ramiro
6-1-72
Desde entonces, cuando releo la dedicatoria siento que probablemente yo sea el único testigo de un amor que se desató hace más de cuarenta años. Me imagino a un Ramiro, cualquier Ramiro, escribiendo esas pocas palabras nervioso, encogido por el temor ante una posible respuesta negativa, si bien, la dedicatoria tiene un toque de ironía con ese «por si acaso», como diciendo «a ver si cae». Sin embargo, no me cabe duda de que la ironía de Ramiro era un escudo preventivo frente a males mayores, como el desdén o la indiferencia. Nadie regala poesía porque sí; por si acaso.
Nunca sabremos si Leonor fue receptiva o si, por el contrario, pasó del tal Ramiro, pero yo sé que aquel amor existió; tengo la prueba. Acaricio las páginas amarillas como si fuera posible percibir alguna vibración de aquello que sucedió hace tanto tiempo y me pregunto qué habrá sido de Leonor y de Ramiro. Tal vez, por un aquél del azar o del destino, uno de ellos lea esta revista y se reconozca, pero de cualquier modo, no estaría de más que cualquier lector o lectora que conozca a una Leonor o a un Ramiro se lo hagan saber. Por si acaso. Este episodio es el mejor ejemplo de que un libro impreso es mucho más que un mero soporte; la curiosa dedicatoria le aportó al poemario de Neruda una vida suplementaria y creó un hilo conductor que nos une con los protagonistas de aquella historia. Y mi pregunta es: ¿Puede transmitirse algo parecido con un libro digital? Evidentemente, no.
Se ha escrito mucho sobre el tema y no quisiera parecer un retrógrado anacrónico, un troglodita tecnológico, si manifiesto mis preferencias irrevocables por el libro impreso. No quiero entrar en un tema de debate ya manido. Reconozco que las cosas cambian y las nuevas tecnologías nos aportan grandes avances que nos hacen la vida más fácil, pero lo cierto es que nada de lo relatado anteriormente hubiera sido posible. A los libros electrónicos, por mucho tiempo que pase, no se les ponen las páginas amarillentas, envejecidas. En los libros electrónicos no hay dedicatorias y la operación de regalar uno se me antoja de lo más frío. Además, y como razón de peso, argumentaré que con uno de esos cacharros tampoco podría usar los deliciosamente cursis marca páginas victorianos que adquirí en la Wallace Collection de Londres.
               JUAN M. QUEREJETA


14/5/14

EL SER BINARIO, por Juan M. Querejeta

 
  
       En 1995, Nicholas Negroponte, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), escribió un magnífico libro titulado "Being digital" (El ser digital), donde predecía muchas transformaciones en la vida del ser humano (hasta ese momento, un ser analógico) gracias a las nuevas técnicas digitales, transformaciones que se han ido cumpliendo una tras otra. Entre las predicciones más llamativas figuraba la de que en un futuro —el futuro visto desde 1995—, podríamos recibir canales de televisión por el cable telefónico, mientras que las comunicaciones telefónicas se establecerían fundamentalmente por el aire, dando la vuelta a los usos del momento. 
          Entonces, aquello sonaba cuando menos raro, pero prácticamente todo lo que se decía en el libro se ha hecho realidad. Aparte de estos ejemplos, la tesis general de la obra de Negroponte avisaba de una digitalización progresiva de la humanidad usando una curiosa comparación entre el mundo de los átomos y el de los bits. Visto desde nuestros días no podemos más que reconocer los avances y las mejoras sustanciales que ha aportado la tecnología digital a, por ejemplo, la fotografía, el cine, la música, la medicina (la ciencia en general), etc. Pero no todo han sido avances.
       Se ha escrito mucho sobre los «daños colaterales» en esta sociedad de la comunicación, como el exceso de información a la que tenemos acceso y no podemos digerir, o la creciente tendencia a leer «transversalmente» (falta de paciencia y concentración para leer completo un texto más o menos extenso), circunstancias, entre otras, que perjudican seriamente el desarrollo de nuestra capacidad de análisis. Es frecuente encontrarse con textos que pretenden ser un compendio sobre determinada materia, de manera que están repletos de enlaces «hipertextuales» que nos remiten a otros textos donde, a su vez, nos encontramos con otro salpicón de enlaces y, así, pantalla tras pantalla, como en un videojuego. Si nos dejamos llevar, podemos ser tragados por un remolino del que resulta difícil escapar, llegando incluso a olvidar el motivo por el que habíamos iniciado la consulta.      
       Una de las consecuencias de todo lo anterior es la tendencia a la simplificación. La mutación que convirtió al «ser analógico» en un «ser digital» está dando, desde mi punto de vista, un paso más: la reducción de ese «ser digital» a lo que podría llamarse «ser binario». Y lo más preocupante es que los medios —y quienes están detrás de los mismos— parecen fomentar la consecuente atrofia mental. Parecen favorecer que pensemos menos y de una manera más ramplona e instantánea. Vemos cómo los ciudadanos se están acostumbrando a responder ante cualquier tipo de propuesta con un Me gusta/No me gusta en las redes sociales o ¿Le ha parecido interesante: SÍ/NO? para un artículo periodístico por complejo que sea el mismo. 

       ¿Dónde quedan los matices? ¿Qué ha pasado con las escalas de grises? ¿Con las paletas de colores? ¿Qué va a pasar con la capacidad de análisis? ¿Va a quedar reducida a la emisión de un uno o un cero? ¿Se imaginan que los críticos de teatro se limitaran a escribir que una obra es Buena o Mala? ¿O se imaginan una lista de películas en cartel donde se las calificara con un 0 ó un 1? ¿Y qué me dicen de algo tan relativo y personal como es la apreciación de las artes plásticas?
       Aunque nunca he sido futbolero, recuerdo con cierta nostalgia aquella época en la que los chicos eran hinchas o seguidores de dos equipos. Muchos de mis compañeros de colegio eran simultáneamente del Madrid y del Bilbao, o del Atleti y del Betis, y los cariños se repartían con distinta intensidad: «Yo soy, primero del Madrid y, luego, del Bilbao», decían. Ahora, eso es impensable. Se es de un equipo y, normalmente, anti otro equipo. Sin matices. Sin lugar a dudas. Binarios.
       Un campo donde se está alcanzando una simplificación preocupante a la hora del análisis y la critica es el de la política, porque ahí es donde más se corre el riesgo de que desaparezca el concepto de «ciudadano». La palabra ciudadano suena a griegos en una plaza escuchando a otro griego; a derechos y obligaciones, pero sobre todo a responsabilidad a la hora de enjuiciar el mundo que nos rodea.  Pues bien, últimamente nos encontramos que para los seguidores de un partido político —coja el que más le guste— cualquier ley del oponente es mala de solemnidad, desde el título hasta el punto final —un rotundo cero—, mientras que la ley de «los nuestros» es incontestablemente buena —un tranquilizador uno—. ¿No cabe la posibilidad de que determinada ley, la promulgue quien la promulgue, tenga aspectos positivos y negativos? Sí, pero cuesta reconocerlo. En las tertulias televisivas el espectador sabe cómo van a reaccionar fulanito o menganita ante determinada noticia. No trato de defender la equidistancia, tan defendida por algunos; hay hechos ante los que hay que tomar una postura clara sin medias tintas, y puede que en determinados casos una de las partes no tenga la razón en absoluto. Pero resulta sospechoso que sea siempre así. O Blanco o negro. Sí/No, Bueno/Malo, On/Off, 0/1. Binarios.
       Cada día se habla menos de demócratacristianos, socialdemócratas, etc. El espectro político parece haber quedado reducido a izquierda/derecha. Así de sencillo. El centro político, por ejemplo, ha desaparecido engullido por las dos grandes formaciones, que se autotitulan de centro-izquierda y centro-derecha respectivamente. Sí, hay más partidos, pero los ciudadanos parecen darle prioridad a ser vistos —o señalar al otro— como personas de izquierdas o de derechas. Lo dicho. «Ciudadanos binarios», aunque de ciudadanos ya vamos teniendo poco. Una penita. ¿No les parece? ¿Sí? ¿No?
              JUAN M. QUEREJETA

9/4/14

PICASSO vs VARELA, por Juan M. Querejeta



Hoy quiero hablar de dos exposiciones y de una sensación, o una impresión, o un regusto…
 Hace varios días que visité en la sala Recoletos de la Fundación Mapfre la exposición Picasso. En el taller, y pocos días después Eulogio Varela. Modernismo y Modernidad, en el Museo ABC (estupendo catálogo). Antes que nada, las dos merecen la pena, aunque la de Picasso, por la figura del autor y por la calidad de las obras expuestas, está en primera línea de los medios de comunicación mientras que la otra, si no pasas por la puerta del museo y entras «a ver qué hay», no te enteras de que existe.
            Pues bien. Estaba contemplando la obra gráfica y las portadas que Eulogio Varela había realizado para la revista Blanco y Negro, cuando pensé que aquellos dibujos, aquellas pinturas eran, por decirlo de algún modo, amables con las mujeres y, por contraste, recordé los desnudos que días antes había contemplado en la exposición de Picasso.
            Ya en casa, dándole vueltas al tema de la mujer en el arte, encontré en Internet un trabajo titulado «NIÑA-MUJER-OBJETO DE ARTE: LA SEXUALIDAD FEMENINA EN LA PINTURA» firmado por la Dra. María Cruz García Torralbo y el Dr. Francisco José Sánchez Concha para el III Congreso Virtual sobre Historia de las Mujeres celebrado en Jaén en octubre de 2011, cuya lectura recomiendo (http://www.revistacodice.es/publi_virtuales/iii_congreso_mujeres/comunicaciones/III_nina-mujer-objeto.pdf). En dicho trabajo se analiza cómo el arte, en sus distintas formas y estilos, ha visto a la mujer a lo largo de la historia, fundamentalmente desde los impresionistas hasta el día de hoy.
En el caso de mi experiencia reciente, tras haber asistido a las exposiciones de Picasso y de Varela, uno se plantea cuán diferente puede llegar a ser esa visión de la mujer, incluso entre artistas contemporáneos. No sería lógico ni apropiado comparar desde un punto de vista artístico a dos pintores que se han manifestado en estilos diferentes, pero después de contemplar un buen número de cuadros de Picasso (en la presente exposición los hay magníficos), sus desnudos cubistas me parecen, consideraciones artísticas aparte, el máximo grado de cosificación de la modelo y, por lo tanto, de la mujer, mientras que en el caso de Eulogio Varela (como en el de otros pintores modernistas), el pintor nos presenta una imagen de mujer más idealizada (tal vez demasiado idealizada en las obras más simbolistas).
Efectivamente, el análisis cubista descompone la figura transformándola en una serie de planos que se corresponderían con diferentes puntos de vista temporales y/o espaciales, y lo hace tanto con objetos como con personas. Pero es un hecho que Picasso se ha prodigado en representar la figura femenina reducida a una serie de rasgos sexuales esquematizados con los que el pintor malagueño construye la idea de una mujer. Por supuesto que Picasso es mucho más que eso, lo cual no invalida el tufillo machista del que aquí se habla.

Del otro lado, los modernistas han ensalzado en numerosas ocasiones a la «mujer nueva», mujeres al tiempo dinámicas y elegantes, en actitudes hasta entonces privativas de los hombres, como el deporte o conducir un automóvil ¡a principios del siglo XX! Recuerdo una exposición de hace unos cuantos años, en la sala de Azca de la Fundación Mapfre, titulada La Eva Moderna (1914-1935), donde quedó ampliamente reflejada esta visión reivindicativa de la mujer moderna.

 Lo más curioso es que esta nueva visión de la mujer viniese de la mano de pintores pertenecientes a la sociedad burguesa del momento, mientras que Picasso, artista al que históricamente se le ha asociado con las ideas progresistas, se afanaba en repetir hasta la saciedad la reducción de la mujer a sus genitales. Es lo que tienen los mitos.            
                 JUAN M. QUEREJETA


5/3/14

CORAZONES ARTIFICIALES, por Juan M. Querejeta




       No. Esto no va de cardiología. Esto va de máquinas enamoradas y del regusto agridulce que me ha dejado la película HER, de Spike Jonze. Podríamos hablar de muchos de sus logros, como la dirección, la fotografía, la buena interpretación del siempre inquietante Joaquin Phoenix, del estupendo guión, pero lo que me ha fascinado ha sido cómo trata el tema de la I.A. (Inteligencia Artificial) y el de sentimientos tan profundos como el amor, en un mundo de incomunicación y aislamiento donde predominan las relaciones virtuales.
       Hace mucho tiempo que los científicos se han empeñado en averiguar, por una parte, de qué son capaces los animales; qué aptitudes atribuibles en exclusiva —por ahora— a los seres humanos podrían desarrollar. Por otra parte, se ha filosofado bastante con cuales de las aptitudes (o cualidades, o potenciales, o como quieran llamarlo) de los humanos no podrán ser nunca desarrolladas, al menos a corto plazo, por los animales; eso que se suele expresar tras la clásica pregunta «¿Qué nos diferencia de los animales?». A esta pegunta se ha contestado con razonamientos —algunos ya desmontados— del tipo de «no se reconocen a sí mismos», «están incapacitados para inventar», etc. ¿Y por qué tanto empeño? Pues ni más ni menos que para asegurarnos de que somos y seguiremos siendo por mucho tiempo los «reyes de la creación». Los animales no evolucionarán, o al menos no suficientemente deprisa como para poder equiparase a nosotros. No puede existir sobre la faz de la Tierra nada más inteligente. Podemos estar tranquilos.

       Pero resulta que durante el siglo XX, la ciencia y la tecnología han avanzado a una velocidad de vértigo y ha aparecido la I.A., y es ahí cuando hemos empezado a ponernos nerviosos. Con la evolución de las máquinas más o menos inteligentes, el recelo de una parte de la sociedad se ha basado en el temor a que el destino final de esas máquinas no sea aliviar el trabajo físico y repetitivo de los humanos, sino terminar sustituyendo la mano de obra humana en función de meros intereses económicos, como muy bien ha expuesto hace unos días HETERODOXA en esta revista bajo el título “DE ROBOTS Y FUTUROS”. Si el hombre se sentía tranquilo en la cima de la creación por encima de animales, plantas y minerales, es paradójicamente del estamento más inferior —el reino inanimado de los minerales— de donde surge en forma de silicio la nueva especie amenazadora.

       El tema de las relaciones hombre-máquina, presente desde hace décadas en la literatura y en el cine de ciencia ficción, se ha desarrollado casi siempre desde la perspectiva más pesimista, rozando el género de terror y llegando en ocasiones a planteamientos apocalípticos, con un mundo dominado por las máquinas que han esclavizado al hombre, como sucede en la saga de Terminator. De ahí la necesidad que teníamos de unas leyes fundamentales de la robótica del estilo de las establecidas por Asimov, garantizando que una máquina jamás dañará a un ser humano (y añado, salvo que la programe otro ser humano, lo que respetaría la supremacía humana. Siempre estaríamos por encima de algún modo).
          Hasta ese momento, el temor se basaba en la previsible superioridad de las máquinas en las tareas físicas y/o de cálculo. Vale. Las máquinas pueden superarnos en mover cosas, en soldar con precisión micrométrica o en la realización de enormes y complejos cálculos, pero NUNCA TENDRÁN SENTIMIENTOS, nos decíamos. ¿Cómo va a sentir una máquina vergüenza, miedo o simpatía? Aquí volvemos a apoyarnos en las comparaciones. Si antes las hacíamos entre animales y humanos, después las establecimos entre humanos y máquinas. En el caso de los animales hablábamos de capacidad inventiva, etc., pero al referirnos a las máquinas los hicimos fundamentalmente de otro tipo de cualidades o sentimientos. Sin embargo, la literatura y el cine contribuyeron a abrirnos los ojos. 
        En la película de Ridley Scott «Blade Runner», sobre un relato de Philip K. Dick, nos sobrecogió aquella mítica frase del replicante Batty nada más perdonar la vida al agente Rick Deckard: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser… todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.” El replicante ha descubierto la inutilidad de rebelarse frente a la muerte; cierra los ojos, agacha la cabeza y se muere con la serenidad que, probablemente, nos falte a muchos seres humanos. En ese relato las máquinas ya sienten curiosidad, orgullo, miedo a la muerte y resignación. La replicante Rachael se resiste a aceptar su condición de ente artificial y pretende se reconocida como humana, al igual que el androide Andrew en esa otra gran película, «El hombre bicentenario», basada en un relato de Asimov. Pero en ambos casos, el de Rachael y el de Andrew, asoma algo más inquietante para nuestra cada vez más perturbada tranquilidad: la capacidad de sentir amor.

       Probablemente no haya otro sentimiento más humano que el amor, el que mejor nos define, y no estamos dispuestos a renunciar a la garantía de exclusividad. A eso ya no. Sin embargo, en HER se nos dice que no sólo las máquinas amarán, sino que lo harán más y mejor que nosotros y ese descubrimiento nos produce una tremenda desazón. Pero no debemos hundirnos. También el final del largometraje nos hace un guiño para que disfrutemos de nuestras limitadas capacidades y amemos en la medida de nuestras posibilidades. Dejémonos de tantos aparatitos y cultivemos las amistades cara a cara. No hay nada como un buen abrazo.
            JUAN M. QUEREJETA



29/1/14

CON TODO MI CARIÑO, por Juan M. Querejeta

Sé que voy a tocar un tema delicado; “sensible”, como dicen ahora los pedantes, pero me extraña que nadie lo aborde, al menos públicamente. Me refiero a la edad de jubilación de los actores. Cuándo un actor o actriz debe retirarse.
Hasta ahora no me había detenido a pensar en ello. Asistía a los trabajos de los más venerables artistas con admiración, recibiendo con agrado ese golpe de cariño que provocan en los espectadores. El ejemplo más popular y reciente podríamos tenerlo en Asunción Balaguer y su aplaudida intervención, entre otras, en la obra Follies. La abuelita que todos hubiéramos querido. Encantadora. También hay actores mayorcitos bregando sobre las tablas; sin embargo, parece que, como en la vida misma, son las actrices quienes transmiten mejor esa sensación de entrañable longevidad. Como María Galiana, otra gran actriz mayor aunque no tanto como la Balaguer y, todo hay que decirlo, de gesto más adusto.

Otro ejemplo digno de mención en el panorama español de todos los tiempos es el de Julia Caba Alba, esa inmensa actriz que, además de unas cuantas representaciones teatrales, trabajó en más de 120 películas entre las que cabría destacar El crimen de la calle de Bordadores (1946), Cielo negro (1951), Balarrasa (1951), La laguna negra (1952), Maribel y la extraña familia (1960), Plácido (1961), El verdugo (1963), o La venganza de Don Mendo (1979), por citar algunas de las más conocidas. Seguro que si hacemos un censo de actores y actrices que ronden en la actualidad los ochenta años nos salen unos cuantos. Pero vamos a lo que vamos.


Decía más arriba que hasta hora no me había preocupado la fecha de nacimiento de los actores. Hasta ahora. O mejor dicho, hasta ver El malentendido de Albert Camus, dirigida por Eduardo Vasco para el Matadero de Madrid. Y es que hubo momentos en los que vi a una Julieta Serrano fuera de tono, fuera de contexto, fuera de todo. Demasiado mayor para el papel a pesar de pertenecer casi a la misma quinta que María Galiana y ser unos cuantos años más joven que la Balaguer. La noté desconectada del papel, cumpliendo. Si sólo fuera eso, ocurre en muchas ocasiones con actores más jóvenes. Pero no. En esta ocasión me pareció ver a una persona cansada, sobrepasada por la labor, queriendo cumplir un compromiso más allá de sus capacidades físicas. Tal vez se trataba de algo circunstancial; un mal día lo tiene cualquiera. No lo sé. También he vislumbrado flaquezas similares en otros actores o actrices mayores; flaquezas que no ensombrecen un historial de gloria y entrega, pero sí desvirtúan un presente.
Y por fin llegamos al meollo de la cuestión. Está muy bien que se respete la trayectoria de un artista y se le rindan cuantos homenajes se merezcan, pero otra cosa muy distinta es que desluzcan una obra. La OBRA es de todos: del autor, del traductor y/o versionador (si es el caso), del director, de TODOS los actores y actrices que intervienen en la representación, y, por último, del receptor. Del espectador para quien, digan lo que digan algunos autores cuando tienen el ego inflado, se crean las historias.

Este problema resulta inevitable y más evidente en el teatro, ya que en el cine a base de repetir las escenas pueden obviarse los achaques y conseguirse mejores resultados. Como con los niños actores. Viejos y niños. Niños y viejos. El círculo vital se cierra. ¿Alguien se imagina a un afamado pianista pasado de años y con artritis en las manos interpretando a Chopin en el Auditorio Nacional? ¿O a alguna legendaria bailarina reumática representando El lago de los cisnes en el Real? ¿A que no? De acuerdo. Reconozco que tal vez he exagerado un poco, pero no me negarán que el inicio de la decadencia de un actor afecta al resultado y alguien (familiares, amigos, compañeros) debería aconsejarle. Con todo el cariño.

JUAN M. QUEREJETA