No. Esto no va de
cardiología. Esto va de máquinas enamoradas y del regusto agridulce que me ha
dejado la película HER, de Spike
Jonze. Podríamos hablar de muchos de sus logros, como la dirección, la
fotografía, la buena interpretación del siempre inquietante Joaquin Phoenix,
del estupendo guión, pero lo que me ha fascinado ha sido cómo trata el tema de la
I.A. (Inteligencia Artificial) y el de sentimientos tan profundos como el amor,
en un mundo de incomunicación y aislamiento donde predominan las relaciones
virtuales.
Hace mucho tiempo que los científicos se han empeñado en
averiguar, por una parte, de qué son capaces los animales; qué aptitudes
atribuibles en exclusiva —por ahora— a los seres humanos podrían desarrollar. Por
otra parte, se ha filosofado bastante
con cuales de las aptitudes (o cualidades, o potenciales, o como quieran
llamarlo) de los humanos no podrán ser nunca desarrolladas, al menos a corto
plazo, por los animales; eso que se suele expresar tras la clásica pregunta
«¿Qué nos diferencia de los animales?». A esta pegunta se ha contestado con razonamientos
—algunos ya desmontados— del tipo de «no se reconocen a sí mismos», «están
incapacitados para inventar», etc. ¿Y por qué tanto empeño? Pues ni más ni
menos que para asegurarnos de que somos y seguiremos siendo por mucho tiempo
los «reyes de la creación». Los animales no evolucionarán, o al menos no
suficientemente deprisa como para poder equiparase a nosotros. No puede existir
sobre la faz de la Tierra nada más inteligente. Podemos estar tranquilos.
Pero resulta que durante el siglo XX, la ciencia y la
tecnología han avanzado a una velocidad de vértigo y ha aparecido la I.A., y es
ahí cuando hemos empezado a ponernos nerviosos. Con la evolución de las
máquinas más o menos inteligentes, el recelo de una parte de la sociedad se ha basado
en el temor a que el destino final de esas máquinas no sea aliviar el trabajo físico y repetitivo de los humanos, sino terminar
sustituyendo la mano de obra humana en función de meros intereses económicos, como
muy bien ha expuesto hace unos días HETERODOXA en esta revista bajo el título “DE ROBOTS Y FUTUROS”. Si el hombre se sentía tranquilo en la
cima de la creación por encima de animales, plantas y minerales, es paradójicamente
del estamento más inferior —el reino
inanimado de los minerales— de donde surge en forma de silicio la nueva especie amenazadora.
El tema de las relaciones hombre-máquina, presente desde hace
décadas en la literatura y en el cine de ciencia ficción, se ha desarrollado casi
siempre desde la perspectiva más pesimista, rozando el género de terror y
llegando en ocasiones a planteamientos apocalípticos, con un mundo dominado por
las máquinas que han esclavizado al hombre, como sucede en la saga de Terminator. De ahí la necesidad que
teníamos de unas leyes fundamentales de la robótica del estilo de las
establecidas por Asimov, garantizando que una máquina jamás dañará a un ser humano
(y añado, salvo que la programe otro ser humano, lo que respetaría la supremacía
humana. Siempre estaríamos por encima de algún modo).
Hasta ese momento, el temor se basaba en la previsible
superioridad de las máquinas en las tareas físicas y/o de cálculo. Vale. Las máquinas
pueden superarnos en mover cosas, en soldar con precisión micrométrica o en la
realización de enormes y complejos cálculos, pero NUNCA TENDRÁN SENTIMIENTOS,
nos decíamos. ¿Cómo va a sentir una máquina vergüenza, miedo o simpatía? Aquí
volvemos a apoyarnos en las comparaciones. Si antes las hacíamos entre animales
y humanos, después las establecimos entre humanos y máquinas. En el caso de los
animales hablábamos de capacidad inventiva, etc., pero al referirnos a las
máquinas los hicimos fundamentalmente de otro tipo de cualidades o sentimientos.
Sin embargo, la literatura y el cine contribuyeron a abrirnos los ojos.
En la
película de Ridley
Scott «Blade Runner», sobre un
relato de Philip K. Dick, nos
sobrecogió aquella mítica frase del replicante Batty nada más perdonar la vida
al agente Rick Deckard: “Yo he
visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de
Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de
Tanhauser… todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la
lluvia. Es hora de morir.” El replicante ha descubierto la inutilidad de rebelarse
frente a la muerte; cierra los ojos, agacha la cabeza y se muere con la
serenidad que, probablemente, nos falte a muchos seres humanos. En ese relato las
máquinas ya sienten curiosidad, orgullo, miedo a la muerte y resignación. La
replicante Rachael se resiste a aceptar su condición de ente artificial y
pretende se reconocida como humana, al igual que el androide Andrew en esa otra
gran película, «El hombre bicentenario», basada en un relato de Asimov. Pero en
ambos casos, el de Rachael y el de Andrew, asoma algo más inquietante para
nuestra cada vez más perturbada tranquilidad: la capacidad de sentir amor.
Probablemente no haya otro sentimiento más humano que el amor,
el que mejor nos define, y no estamos dispuestos a renunciar a la garantía de
exclusividad. A eso ya no. Sin embargo, en HER
se nos dice que no sólo las máquinas amarán, sino que lo harán más y mejor que
nosotros y ese descubrimiento nos produce una tremenda desazón. Pero no debemos
hundirnos. También el final del largometraje nos hace un guiño para que disfrutemos
de nuestras limitadas capacidades y amemos en la medida de nuestras posibilidades.
Dejémonos de tantos aparatitos y cultivemos las amistades cara a cara. No hay
nada como un buen abrazo.
JUAN M. QUEREJETA
Tal vez sea un consuelo pensar que las máquinas algún día pueden llegar a amar y mejor que nosotros, ya que quizá empezamos a necesitar que por algún lado cunda el ejemplo. Aunque estoy contigo en que difícilmente podrá nunca la tecnología reproducir un buen abrazo humano, por mucho que también la piel pueda ser "fabricada" la sensación del mismo no dejaría de parecer enlatada y sin jugo.
ResponderEliminarE. Talavera
Efectivamente, siempre habrá diferencias, por pequeñas que sean, y valdrá la pena explorarlas.
EliminarJuan M. Querejeta
La pregunta acerca de si una máquina puede sentir es tramposa porque tal vez la cuestión sea la inversa: ¿somos nosotros meras máquinas que sienten?
ResponderEliminarExcelente reseña, en todo caso.
Yo he escrito, por cierto, unas impresiones sobre los Goya 2014:
http://elojodisidente.blogspot.com.es/
Pues en cierto modo somos unas máquinas biológicas. Somos pura química y, por lo tanto, perfectamente imitables. Pero prefiro creer en que siempre habrá algún elemento no descubierto, recóndito, inaccesible para la ciencia, que diferenciará la copia del original. Tal vez sólo sea una cuestión de fé.
EliminarNo somos máquinas. Somos imperfectos y mortales. Nuestro lenguaje es ambiguo, a diferencia del código máquina. ¿Podemos crear imitaciones de nosotros mismos? Sí. Sin duda. ¿Queremos? Esa es la cuestión. Depende de a dónde queramos ir...a un mundo irreal y complaciente o a un mundo verdadero.
ResponderEliminarSaludos y enhorabuena por la reseña.
P.D. Supercachondo que cuando le doy al botón enviar, vuestro blog me pide que demuestre que no soy una máquina. ¡Ojo con el captcha! Uno es humano hasta que se demuestre lo contrario, no al revés.
Gracias, Susana. Bienvenida a la resistencia.
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