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14/10/15

"EL MUNDO ESTÁ ENTARBICUARIQUINADO, QUIÉN LO DESENTARBICUARIQUINARÁ", por Heterodoxa



La profusa aparición en los últimos tiempos de artículos, entrevistas, libros, notas de editores, sobre las aplicaciones, desarrollos, consecuencias, modelos económicos  alternativos… en torno a las nuevas tecnologías ha tomado tal ritmo que, he de confesar que el montón de recortes que voy acumulando —en muchos casos con un ritmo de caducidad casi instantáneo—, está alcanzando un volumen que amenaza con devorar cualquier otro espacio en mi mesa. Ya no solo se refieren a ello los tecnólogos o aquellos emprendedores que han creado sus startup bajo tecnología apps o web o en un mix de bio-nano-geno tecnologías, sino empresarios, economistas y hasta literatos que ven en la innovación una especie de tabla de salvación de un cierto mundo.
 No seré yo quien no aplauda y anime a esta nueva generación de profesionales que ven en las aplicaciones digitales y en la innovación una nueva forma de emprender y que en su utilización de las redes sociales están favoreciendo espacios de colaboración. Tampoco, como ya he escrito en EL ÁTICO alguna vez, creo que esta nueva economía no esté exenta de peligros y que de no planificarla —tarea que no compete al emprendedor—, ahora que todavía estamos a tiempo, con una visión holística podría convertirse en una distopía. Digo todo esto porque acabo de ser  testigo fiel de una de las disfuncionalidades de esta nueva realidad.
Desgraciadamente, estos días he tenido que bregar con el cambio de instalación de ADSL a fibra óptica. Lo peor no han sido los tiempos muertos, las múltiples llamadas para conocer el día, las horas perdidas en la espera…, ni siquiera la lucha, porque de lucha se ha tratado, aunque felizmente no ha habido que lamentar victimas, para conseguir que me cambiaran un router de última generación que se empeñaron en instalarme.
—Lo mejor, esto es lo mejor del mercado —decía el técnico tan ufano— ¿Ve? Fíjese, fíjese  qué velocidad de conexión wifi alcanza.
Tan bueno,  tan moderno, que era incapaz de reconocer a mi portátil. La velocidad solo se alcanzaba con el portátil del técnico —en algunos momentos aún me surge la sospecha de si los tendrán amañados para funcionar con ese router —. Pero, claro, eso era culpa de los drivers de mi ordenador —los drivers, a saber que será eso—, lo que tenía que hacer era cambiar los drivers. Esa declaración que parecía ensayada ante el espejo  te la decían con cara de BUUUF…, vaya tecnología obsoleta que tiene!!! Con eso y la afirmación pomposa de:
— La instalación está correcta.
Antes de que pudieras reaccionar intentaban escaparse, huir del lugar y traspasarte el problema.
Tampoco fue lo peor buscar argumentos lógicos y  con el sub-lenguaje adecuado,  que ya se sabe que si no has hecho como poco un master en Redes y conexiones Wifi, está difícil conseguir que reconozcan su fallo, suministren algo adecuado a tus necesidades y que interactúe con tus tablets, móviles y ordenadores. He de reconocer que el argumentario que desarrollé no debió de estar demasiado mal porque aunque se hicieron los remolones y tuve que acercarme más de una vez a la tienda física —quince días— y probar por mi cuenta versiones mas básicas, al final he logrado un router menos última generación, menos “lo mejor del mercado”, de los de siempre, con sus antenitas, que se comunica y reconoce a mi electrónica de andar por casa sin  necesidad de cambiar ningún driver ni ir a ninguna tienda a actualizar mi software y hardware.
Pero decía que eso no fue lo peor, lo peor ha sido los múltiples diálogos que he tenido que mantener con las maquinas. Esas llamadas eternas, esa cara de idiota que se te va quedando después de media hora de intentar interactuar con una voz electrónica que no entiende nada de nada. Esa musiquilla que se repite sin parar, esa voz metálica empeñada en decirte en un tono casi imperativo que no comprende tu lenguaje ni tus frases y de repente te encuentras vocalizando y modulando como si el problema estuviera en ti. Una vez más traspasándotelo.
Está vez he tenido suerte y los humanos de la tienda física me han ayudado a solucionarlo. Pero,  en el futuro próximo, cuando según todos esos gurús, muchas de estas tareas se desarrollen por robots, ¿a quién acudiremos? Y cuando esos robots comiencen a empoderarse en esto de la IA, ¿mantendrán el mismo tono imperativo o nos llamaran melones directamente? De verdad, nadie se ha planteado que la irritación de los consumidores va in crescendo y que cada vez más actividades hay que desarrollarlas únicamente vía email o paginas web.  Más parece que las empresas que ofrecen esas infraestructuras en muchos casos no están a la altura de las necesidades o pueden que sean los consumidores lo que no lo estén, pero de cualquier forma una hoja de instrucciones o un 1002 con lenguaje metálico y estrambótico no parece la solución. No sé, no sé, pero cada vez que aparece una noticia sobre posthumanos cibernéticos me los imagino teniendo que bregar con caídas de redes, troyanos, fallos de fibra, eso sí, solos sin ayuda de los técnicos. Cambiemos el final y que no sea como en la novela de Doris Lessing, Shikasta, donde todo sucumbe por pequeños fallos acumulativos y cada vez mayores en la tecnología.
HETERODOXA
PD: Las imágenes de los cuadros pertenecen a la última exposición de Gordillo. Solo los títulos: 1. Es-esto-el-futuro;  2. La araña; 3. Operación a corazón abierto; 4. La manzana de Eva,  ya presienten esta nueva vecindad entre lo digital y lo analógico, lo virtual y lo real, la colectividad y el ser disociado.

10/6/15

VISIBILIZAR LA ASIGNACIÓN INEFICAZ DE LOS RECURSOS, por Heterodoxa



La primera vez que expliqué a mis sobrinos las consecuencias de una asignación ineficaz de los recursos —deformación harvardiana— fue haciendo cola para ver una exposición de realidad aumentada. La organización, quien fuera no viene al caso, había generado una propaganda importante, vía medios audiovisuales, televisión, radio, periódicos, folletos, etc,… para dar a conocer el acto e implicar a las familias. Esto, claro está, les supuso un cierto gasto. Para nuestro asombro la cola que nos esperaba al llegar daba la vuelta al recinto generando tediosas esperas y el consiguiente malhumor, enfado y abandono de muchos. El problema residía en que había una sola persona para atender las taquillas. Aunque hay que reconocer que ese cuello de botella nos vino bien y permitió que viéramos la exposición a placer, me facilitó la reflexión —y nos hizo la espera más llevadera—, de qué habría pasado si se hubiera dedicado parte del presupuesto a colocar a dos personas en taquilla y qué perdidas tanto en recaudación como en prestigio conllevaba tomar la decisión equivocada.


Más adelante, para que fortalecieran el concepto, les animé a encontrar ejemplos, vía alguna recompensa —esto del pensar hay que ayudarlo—, de situaciones en que los recursos estuvieran asignados de forma ineficaz. Todavía recuerdo alguno de los casos. Como aquel taller de bicicletas que lanzaba una oferta de alquiler por semanas que salía más caro que si se alquilaban por días o esa tienda de ultramarinos que en una resistencia numantina se empecinaba en mantener los precios cuando justo enfrente otra anunciaba en el escaparate los mismos productos a un coste menor. O aquel restaurante de cinco tenedores empeñado en ocupar las mesas de la terraza durante la semana de fiestas. Justo al lado habían colocado un tiovivo de feria que a todo volumen atronaba con la canción del momento, Voyage, Voyage,… al compás de traqueteo insomne del metal entrechocando las guías poco engrasadas de los vespas, triciclos y coches de caballos que giraban en un movimiento continuo solo aplacado por la sirena desorbitada que anunciaba el fin del viaje. Claro, la terraza tenía todas las mesas vacías porque, como bien analizaron mis sobrinos, quién iba a pagar por estar sentado allí.

Luego, más adelante, en un momento u otro de sus vidas se han vuelto a encontrar con el concepto, sea en la universidad o en su trabajo. Sobre todo les hace gracia que sea un principio tan ampliamente utilizado en el mundo empresarial. Pero, visto lo visto, tengo mis dudas que en la vida real se aplique con la misma extensión, sobre todo con los recursos de los contribuyentes que más parece que no sean de nadie o, peor, que pertenezcan a esas élites extractivas que luego encima claman cuando la ciudadanía protesta porque ofrecen resultados son absolutamente ineficaces.


Me quiero convencer de que serán ellos, la generación nacida en los ochenta, más acostumbrados a comparar costes, a utilizar las herramientas de la Red para buscar el billete más barato o el hotel coste/beneficio más óptimo, la entidad financiera con menos comisiones o los portales para compras de energía en común y, hasta el trabajo más acorde a sus conocimientos en ese otro país al que se han visto obligados a emigrar, quienes sea capaces de domar la cabeza de la hidra. Seguro que muchos ya estarán comparando cuánto se paga en esos otros países por ciertos servicios, qué se recibe a cambio, cómo se gestiona y dónde está el valor añadido que justifica ese coste, si es que lo hay. Puestos a imaginar, imagino que falta poco para que empiecen a crear herramientas colaborativas en Red que nos permitan conocer y comparar quién ofrece la mejor oferta para el suministro de un determinado servicio. Y hasta decidir en Red entre todos que suministrador seleccionamos. Y hasta hacerle un seguimiento en función de ciertos parámetros. Vamos, poner en marcha de verdad lo que se viene en llamar el empoderamiento. Porque sentarse a una mesa de cinco tenedores sin presupuesto para el mantenimiento de sus casas o para pagar la calefacción, seguro, seguro no les parece que sea la asignación más eficaz de los recursos, de sus recursos, de los de todos.

HETERODOXA

Imágenes de Abraham Lacalle: El artista expone en la actualidad en la galería Marlborough un conjunto de murales y cuadros bajo el título Tiempo de guerra que refiere a un poema de Ángel Valente. El pintor profundiza en su búsqueda particular de interconexión entre el mundo interior y las realidades visibles e invisibles, mediante el empleo de diferentes espacios en planos superpuestos entremezclados con paisajes exóticos de un colorido brillante y luminoso. La obra actual nos sumerge en unos espacios en lucha, en unos mundos devastados, de árboles desnudos, descarnados o de selva inexplorada donde escondidos entre el verdor palpitante se cuelan elementos de guerra. El impacto de la obra te paraliza, te obliga a hacer una pausa en la exposición, a una segunda mirada que de alguna forma te conduce a la distorsionada realidad social en la que nos encontramos. Como decía Valente en su poema: “ …y aquel vertiginoso color del tiovivo y de los vítores. Estábamos remotos chupando caramelos,…”


12/5/15

ESO NO ES TAREA NUESTRA, por Heterodoxa


Eran las ocho de la mañana, hora en que mis biorritmos no son los más óptimos para el ejercicio intelectual, bueno, en realidad, para casi nada y sin embargo el asombro que me produjo el comentario de uno de mis compañeros de Singapur fue como si me inyectasen cafeína en vena.  Sucedió hace unos años cuando seguía un curso en Harvard. Teníamos que analizar una situación planteada en uno de los casos a estudio y su respuesta “…..eso no nos toca analizarlo a nosotros, esas cuestiones son responsabilidad del Director General”, me dejó sin habla. Insistí un poco por si había entendido mal —las ocho de la mañana—, pero le vi tan turbado que me callé. Me pareció increíble que alguien pudiera autoimponerse barreras en la deriva de su pensamiento y de su análisis. Años después, un artículo aparecido en el Financial Times me dio nuevas pistas. En síntesis el artículo venía a decir que las autoridades de Singapur, alertadas por la falta de determinados perfiles empresariales, buscaban dar un giro en sus programas de enseñanza  con la puesta en valor de actividades creativas y críticas. Viene esto al caso porque no tengo muy claro de qué se habla cuando se habla de sustituir el actual modelo productivo por otro basado en el conocimiento y la innovación.
Esa misma sensación de programación, de auto censura, se me viene repitiendo en los últimos tiempos. Intento convencerme de que pueda deberse al giro hacia la especialización, al enfoque en determinadas habilidades técnicas de nuestro modelo educativo, a esas reformas para adaptarnos a no se sabe muy bien qué y ni si siquiera si sus abanderados saben de lo que hablan cuando nos programan el futuro. A eso, y no tanto a un proceso de auto-inhibición. Cuando algún medio gurú avanza ahora que los conocimientos transversales, el pensamiento lateral podrían llegar a ser casi tan importantes o más que los conocimientos técnicos a la hora de desarrollar visiones holísticas. 
Hace unos años los grandes fondos de inversión se dieron cuenta de que necesitaban matemáticos y físicos y no solo financieros por su conocimiento, entre otras cosas, de las aplicaciones de big data o el desarrollo de algoritmos avanzados para el análisis del riesgo. Entonces tuvieron la suerte de encontrarlos.  Ahora parece que son los departamentos de recursos humanos de las grandes compañías los que comienzan a buscar perfiles con capacidad para conocer, comprender, formular y dar respuesta a preguntas pluridisciplinares y retos sistémicos. La ejecución de proyectos necesitará, dicen algunos, de mentes integradoras que sean capaces de coordinar equipos con conocimientos de disciplinas muchas veces muy alejadas entre sí.  Donde el estudio de la filosofía y las humanidades, el hecho de pensar, que ahora parece quererse reducir a élites diletantes y ejecutivos senior, quizás sea un factor fundamental que diferencie a las sociedades del conocimiento.
Tengo que confesar que, a veces, cuando por una u otra causa he tenido que plantear a mis amigos cuestiones un poco complejas —seguro que es que no formulo bien la pregunta–— muchos me salen con algo como  “…deja, deja, qué pereza, eso me hace pensar…”, como si el hecho de pensar, de analizar, de cuestionarnos no fuera algo connatural al hecho de existir. Será, se me ocurre, que de tanto ser bombardeados con píldoras de pensamiento digerido, de esos argumentarios procedentes de think tanks, se nos está anquilosando el musculo. O quizás que tampoco interese que esa capacidad se desarrolle demasiado, no sea que… Mientras no llegue el día que alguien me vuelva a responder “eso no es tarea nuestra” o remede aquella frase que dijo el mayordomo Stevens en la novela Lo que queda del día de Ishiguro, “eso no me corresponde” o peor, continúe diciendo, “plantea la pregunta a la máquina-robot de pensamiento avanzado XR2 que es la encargada de resolver estas cuestiones”. Porque ahí ya no más. Entre  tanto, espero que cuando llegue el momento aún estén ahí… los pensadores.
HETERODOXA
Las Imágenes pertenecen a René Magritte          

15/4/15

DECONSTRUYENDO EUROPA O NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE, por Heterodoxa


 “Bruselas frenó la devolución por parte de España de 10.000 millones de euros del Rescate”. Aunque parezca imposible, el caso es que es cierto. Esta noticia apareció en la prensa salmón hace unos días. La razón que aducen para impedir que amorticemos parte del rescate financiero de 2012 es que esto supondría pagar de golpe todos los intereses que los prestamistas dejarían de ganar. De diván de psiquiatra.
Es verdad el dicho de que la realidad supera la ficción. Esto es como si al negociar un crédito hipotecario, quien más quien menos lo ha tenido alguna vez, y querer ir amortizando parte de la deuda, cancelándola para entendernos, cosa que hemos hecho casi todos también alguna vez, nos dijera el banco que dicha quita implica además pagar todos los intereses que la entidad deja de ganar; es decir, traspasar el riesgo inherente del negocio bancario al prestatario. Si hace unos años algún banco hubiera tenido la tentación de ofrecer unas condiciones parecidas —ahora ya cualquier cosa es posible—, nos habríamos dirigido desde luego a la competencia. Porque se entiende, al menos se entendía, que uno solo paga intereses sobre lo que adeuda y que en cualquier momento uno puede deshacer posiciones por encontrar condiciones mejores, o, por ejemplo, por tocarle una herencia o aumentar su capacidad de ahorro.


Bueno, pues no, en estos Rescates, por lo visto, los préstamos tenían como condición que cualquier amortización anticipada, cualquier quita, implicaba el pago de los intereses que a lo largo de la vida del préstamo se hubieran ganado. “El diferencial de interés debe ser cubierto por el país prestatario…”, así reza el texto del acuerdo. Así nos ayudaron, así. Esa fue, al parecer, la condición que impuso el MEDE, mecanismo europeo de estabilidad, para concedernos el crédito de 40.000 millones: si hay costes asociados con la devolución anticipada tendrían que ser asumidos por España. Y todos somos socios. Eso nos dicen. Letra a letra, pago a pago, así, así, vamos construyendo la casa Europea.
Independientemente de la situación económica en que esto nos deja, hay otras consideraciones que me vienen a la mente.  En primer lugar, que las condiciones de la negociación debieron ser a cara de perro para incluir una cláusula de este tipo y obligarnos a aceptarla. Pero, en segundo lugar, si profundizamos un poco más —profundicemos—, se me ocurre que los acreedores no las debían tener todas consigo. Me refiero a que, por mucho que de puertas afuera nos asustaran con todos los males del averno y nos trataran poco menos que como deuda basura, de puertas adentro debía de ser otra la percepción; si tan seguros estaban  de que no íbamos a poder hacer quitas no hubieran incluido esa condición, digo yo. Esa generosidad hacia la cigarra gastadora quizás no era tal, ese rasgarse las vestiduras en determinados países sobre los costes que esos préstamos iban a suponer a las hormigas ahorradoras, visto lo visto, tampoco parece que fuera del todo cierto.

          Mientras en algunos países, Alemania, Holanda, y hasta en menor medida España, los intereses de la deuda han entrado en terreno negativo y en algún caso, como en Dinamarca, los bancos pagan al particular por sus hipotecas, nuestro Rescate, sí o sí, se pagara con el interés de entonces. No parece que hayan hecho mal negocio, no. No les ha ido tan mal con la que está cayendo. That is the question.  Primero les tacho de vivir por encima de sus posibilidades, luego, y en base a esto, murmuro que están medio arruinados, entonces les subo el diferencial de deuda soberana, como no pueden pagar van a necesitan un alma buena que les eche una mano, ahí aparece el MEDE, una vez negociadas las condiciones, entonces sí, entonces dejamos que el BCE desarrolle su política. Pero solo entonces, no antes. Y todavía alguien se pregunta cómo  EE. UU ha salido ya de la crisis y ha desarrollado desde el 2009 una política de expansión monetaria, y nosotros casi cinco años después empezamos a aplicarla. A mí me entran dudas de que solo sea debido a una política equivocada frente a la austeridad. Táchenme de desconfiada, táchenme.

Lo que es innegable es que a diferencia de otros prestamistas, estos nuestros socios, así se llaman, nos han prestado un dinero con poco riesgo, una deuda de la que no podemos sustraernos so pena de pagar unos intereses desorbitados. Sabían algo, saben algo, que nosotros desconocemos. Puede que sí.  No se extrañen que en los próximos meses veamos cosas aún más raras. Ahora vuelven otra vez con la solvencia de las entidades financieras, luego qué será… El caso es tener la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Esta estrategia de ahogo piensan algunos será buena a medio plazo, yo tengo mis dudas. El tiempo lo dirá. Mientras tanto, vayamos  deconstruyendo Europa.
 HETERODOXA 
Las imágenes pertenecen a: (1) Rosemarie Trockel; (2) Lúa Coderch; (3) García Andújar (4) Sara Goldschmied y Eleonora Chiari.
García Andújar, Sara Goldschmied y Eleonora Chiari participan en la exposición Prophetia organizada por la Fundación Miró, Barcelona. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 7 de abril de 2015, invita a una reflexión a través de la obra de veinticinco artistas sobre el proceso de construcción del sueño europeo, con especial énfasis en el momento actual.

11/3/15

CARTOGRAFÍAS VISUALES, por Heterodoxa

Año tras año, mi hipocampo me empuja a ARCO. Debo decir que se ha convertido en una especie de peregrinaje. Justo en esos mismos días visité también la Feria de arte Casa Leibniz; allí, Vila Matas, ante una de las obras, escribió que, para él, arte era todo aquello que no entendía, inclasificable. Algo así venía a decir. Salvando las distancias, a mí me suele ocurrir que aquello ya sabido, que no me produce perplejidad o desazón, que no me incita a una segunda mirada, me interesa más bien poco. Quizás por eso mismo, en el transcurso de los años, se han hecho un hueco en mi memoria aquellos artistas que de un modo u otro, un día produjeron ese efecto de algo incierto, perturbador, extraño. En esa especie de disco duro que dicen es el hipocampo, se encuentran mezclados unos con otros. 
Por eso he vuelto este año a ARCO. En cuanto comienzo el recorrido y a la vuelta de cualquier esquina me topo con su obra, vuelven al primer plano el lugar y las circunstancias de entonces, conformando una especie de carta de navegación de mi existencia. Alguno de los que yo he venido en denominar  la Generación de los ochenta —los  Broto, Gordillo, Amat, Sicilia, Ferrán García Sevilla, Del Rivero, Lamazares o Lucio Muñoz, etcétera—, se han ido convirtiendo en los nuevos clásicos. Tanto es así, que más de uno expone obra en esas galerías extranjeras de nombre potente. Sin embargo, por mucho que me quiera engañar —y quiero, quiero—, este ARCO ya no es mi ARCO. No discuto que se haya vuelto más profesional, y que con eso se facilite la compra a instituciones y grandes coleccionistas, y que casi seguro ese fue desde el principio el objetivo buscado. En el camino, en mi modesta opinión, esa gran lonja comercial ha perdido mucha parte de aquella frescura, aquella genialidad de la década de los ochenta y mediados de los noventa.
De esa época recuerdo el continuo fluir de artistas entremezclados con galeristas y público. Ese movimiento incesante que nos llevaba en un permanente ida y vuelta de galería en galería, esa afabilidad en el trato, esa cercanía que facilitaba las ventas y permitía conocer no solo la obra sino también al artista. Ahora, se diría que lo importante es atraer a otro coleccionismo mayor y foráneo. En el ARCO actual, el pequeño coleccionista ha desaparecido, tanto que es casi una especie a extinguir. Entonces se iba y venía una y otra vez sobre la obra, sopesando, meditando, dudando, calculando, acariciando la posesión. Cuando ahora me paseo por sus pasillos, más diáfanos, eso sí, echo en falta esa pasión por adquirir esa obra y a ese artista, pero sobre todo una obra concreta. Esa pulsión por el objeto, ese enamoramiento súbito que te obligaba a volver a esa pared una y otra vez. Esa obra que por unas horas y hasta unos días se convertía en un oscuro, único y exclusivo objeto de deseo.
Este gran escaparate de ahora se ha vuelto más bien coto de lobbies de coleccionistas, que se desplazan invitados de feria en feria y nos marcan tendencias; de grandes instituciones y fundaciones que dejan señalada con su marca y logo la obra adquirida, para publicidad de ese otro público, el de fin de semana, esa muchedumbre que los galeristas medio soportan como un efecto colateral del que esperan más bien poco —y eso se siente—, excepto el hecho de ser vehículo de opinión sobre el ranking de sus obras.  

Entre medias se han ido quedando muchos amantes del arte, a los cuales se les priva del hecho de  descubrir, de su mirada, de la posibilidad de encontrar esa pieza única. Porque a veces nos encontramos que las obras que cuelgan en los días dedicados exclusivamente a profesionales y Big Collectors —pases VIP—, desaparecen de los stands —¿adquiridas?— una vez se abre el espacio al público, en el cual, curiosamente, el descubrimiento se realiza entonces por extraños maridajes entre asesores —oteadores— y coleccionistas —dinero—. Hasta se comenta que se ha inventado un algoritmo que permite prever cuándo comprar y vender un determinado artista; que sea una u otra obra parece que ya interesa más bien poco: el artista en sí convertido en un valor más. Y en ese nuevo espacio de poder, para qué engañarnos, la mirada personal y única tiene poca cabida.

No hay mal que no tenga remedio, repetía mi abuela, y ese espíritu ochentero lo vuelvo a encontrar en las pequeñas Ferias que en torno a ARCO se han ido creando. Me encuentro cercana a JUSTMADRID, donde se respira ese trato afable y familiar, y este año a Casa Leibniz que por primera vez ha integrado a pensadores y artistas en una interlocución conjunta; también a aquellas pequeñas galerías emergentes, que haberlas haylas, de ARCO, que todavía cuidan, nos cuidan, a los pequeños. Con suerte, dentro de unos años mi peregrinaje en pos de mis cartografías particulares conducirá mis pasos hacia estas otras ferias y abandonaré este ARCO que ya no es el mío.   
HETERODOXA

4/2/15

TODOS ESOS RUIDOS, por Heterodoxa



Últimamente todas las noticias me suenan iguales, como un continuo déja vù, serán quizás los años o este círculo vicioso en el que nos encontramos tan brumoso y opaco que nos impide mirar a lo lejos. Es tal la monotonía que más parece que los rotativos se autoreplicaran con poca intervención humana. Me agota todo ese martilleo repetitivo con el que nos anuncian la hecatombe, ese ruido vociferante y moralizador con el que pretenden oscurecer lo cotidiano y  acallar la realidad.  
Este de ahora procede de la cumbre, inaccesible a casi todos, en lo alto de la estación alpina, blanca y azul, de Davos. Es verdad cómo algunos lugares oscurecen su belleza al relacionarlos con lo que allí acontece. Ahí están los representantes de la troika, y algún que otro representante de países acreedores, entonando como en un coro de tragedia griega —creo que todos sabemos quién es el corifeo—: “Que paguen, que paguen, que paguen…”. Ahora toca a la deuda contraída por Grecia, que no por los griegos, sobre todo no por muchos de los griegos. Llenan la pantalla, se erigen en portavoces de sus ciudadanos y arengan desde las tribunas públicas con la mirada torva del avaro de Moliere, “¡¡¡Nos lo deben, a nuestros contribuyentes se lo deben!!!”. Tan bien llevan a cabo la representación  que alguno  de ellos, si este mundo financiero se cae, se les cae, podrían ganarse la vida dedicándose al teatro; aunque no está muy claro si sabrían hacer otro papel que no fuera el del personaje de Grooge.
Quizás me equivoque, pero a veces me da por pensar que a lo mejor deberíamos mirar al Londres de 1953, donde no solo se consiguió condonar parte de la deuda que Alemania había contraído con los vencedores, sino que ese gesto les permitió desarrollar su industria, reconstruir el país y caminar con la cabeza alta sin sentirse humillados ni esclavos de otros —la terminaron de pagar en el año 2010, casi setenta años después—. Si hubiéramos podido ver las negociaciones a través de una mirilla, seguro que los representantes de los países acreedores no insultaron ni ofendieron a la Alemania vencida recriminándola con gesto hosco y malhumorado, más propio de banqueros de cuento de Dickens, con que debían pagar sus deudas, repitiendo como un mantra maldito: “Que paguen, Que paguen…”
Pero esos ciudadanos, que somos nosotros, puede que tengan algo que decir, puede que quieran ser generosos y solidarios, puede que además piensen que nadie se merece ese trato vejatorio. Puede que no entiendan cómo es que los sucesivos préstamos se van en pagar los intereses de la deuda a los bancos acreedores. Puede que, como pensaron nuestros ancestros, consideren que el insulto, el desprecio y la humillación, el maltrato y la condena no hacen ningún bien ni al deudor ni al acreedor. Puede que consideren que una relajación en las condiciones permita al pueblo griego — como en su momento se les permitió a los germanos— iniciar su camino de la reconstrucción y así facilitar su solvencia para que vayan pagando poco a poco.  No en vano los Ministerios del nuevo gobierno se denominan “Ministerio de la reconstrucción productiva”, “Ministerio de la reconstrucción administrativa”…, tal se diría  que es el estado de devastación en que se encuentran, en que se les ha dejado.
Si nos preguntasen… Quizás tendrían que preguntarnos y no decidir en nuestro nombre. ¿Por qué no nos preguntan? Algunos de nosotros seriamos favorables a un trato más humano y desde luego a no condenar a ningún pueblo, por falta de acuerdos, a su desmoronamiento. Quizás sí, deberíamos releer a los padres fundadores del Tratado de Roma y escuchar lo que entre líneas nos contaban en sus memorias Jean Monnet y  Robert Schuman sobre sus miedos y el porqué de su visión de Europa tan alejada y distante de la actual. Quizás habría que comenzar a escuchar, estudiar y pensar que los pueblos tienden a buscar otras alternativas, por extrañas que puedan parecer, que ningún pueblo acepta pasivamente su devastación y que el tablero geopolítico es frágil y cambiable, y que la riqueza de los pueblos a veces se esconde en su subsuelo, otras en sus costas o en su gente o en su lengua o en su situación en el tablero del mundo… y que es ese intangible lo que conforma su ser.   
 HETERODOXA

PD: Las fotografías corresponden a Pablo Genovés. Expone actualmente en Madrid, en la sala Canal de Isabel II. Sus fotografías inmensas y estremecedoras de bibliotecas, museos, teatros, catedrales…, lugares de memoria y cultura, invadidos y  arrasados por el  barro, el oleaje, el hielo, el fuego conforman un relato inquietante, metáfora del desasosiego, del devenir de Europa. No en balde el título de la exposición El ruido y la furia, se refiere a una de las novelas de Faulkner, quien también supo retratar las consecuencias indeseadas de los conflictos y las emociones enquistadas.

17/12/14

JUEGO DE TRILEROS, por Heterodoxa

   
                                        
   Veinte mil millones. ¿Os imagináis veinte mil millones o cuarenta mil o sesenta mil millones en moneda social, de esa que solo pueda utilizarse en monederos de bytes, de esa que no pueda dedicarse a otra cosa…? ¿Os imagináis que al aprobar los presupuestos se habilitasen determinadas partidas, o todas, únicamente en monederos sociales? ¿Os imagináis la cara de algunos cuando se les comunicara que parte de su presupuesto iba a estar en ese tipo de moneda? Todos esos millones, estaba claro que no podían ser fruto únicamente de hipotecas fallidas…, que para llegar a esa cantidad había algo más, mucho más. Un complejo juego de trileros del ahora está aquí y ya no está. Mucho más que las tarjetas black. Que puede que se deba también a créditos sin intereses, a créditos no devueltos y anotados en fallidos, transferencias de capital a empresas pantalla offshore, blindajes, planes de pensiones desorbitados… Ahí, ahí estaba lo de vivir por encima de las posibilidades.

    Además no es lo mismo, digo yo, llevar a cabo ese ingenioso engranaje de ingeniería financiera  —juegos de trileros—, contando con una población de unos cuarenta millones que, de venir mal dadas. se harían cargo de las deudas —como así ha sido—, que perpetrarlo en un país pequeño donde supondría su quiebra. Ese fue el caso de Islandia e hizo lo único que podía hacer, declarar su imposibilidad de hacer frente al pago. Esa fue su suerte y quizás esa haya sido nuestra desgracia.  El tamaño. Bueno, el tamaño y puede que la falta de mentalidad garantista que se da en otros países más al norte del nuestro. Intentad, si no, comprar o vender un piso en Francia por ejemplo y comprobaréis que antes de realizar la operación comprueban los más mínimos detalles, hasta va una cuadrilla de inspectores de edificios para chequear la posible existencia de termitas o cómo están los desagües del cuarto de baño. Hasta eso. Por no hablar del análisis exhaustivo de las condiciones del crédito o de prevenir que el que venda pueda estar realizando una operación encubierta para librarse de activos antes de declararse en concurso de acreedores. 
     No nos engañemos, en este juego de trileros todos hemos sido y aún somos sus avales, quizá por demasiado ingenuos o demasiado confiados, o quizá por tener demasiadas normas pero pocos cortafuegos, no sé. El caso es que mientras haya una población detrás que repare los daños, mientras que no haya lindes claras entre lo que un ciudadano por el simple hecho de vivir en un determinado país deba asumir como carga ,seguiremos en un equilibrio inestable, por mucho que nos cuenten.
       Ahora ya, sumergidos como estamos entre los recortes y la deuda, puede que no nos quede otra que intentar que el tablero del juego de trileros sea transparente y podamos ver qué esconde cada cubilete. En agricultura y en el mundo farmacéutico existe la denominada trazabilidad del producto; es decir, su seguimiento desde que se fabrica hasta que se comercializa. Así, en caso de fallos o lotes con efectos indeseables se puede detectar en qué momento de la cadena se ha producido el error. Lo mismo pasa con los alimentos, se controlan desde la granja a la mesa. Se me ocurre que para cuándo un seguimiento igual de los presupuestos. De ese dinero que pagamos a través del IBI, del IRPF, del IVA, un dinero cuya trazabilidad debería ser exhaustiva, monederos sociales finalistas, sin gastos en intermediarios: de la tesorería al hospital, a la guardería, a la residencia de ancianos, a la universidad, a la escuela, sin rendijas hacia las cloacas, marcados con colores virtuales.

       Yo de eso sé poco, pero estoy segura de que hay genios informáticos que podrían marcar con un código cada transacción, algo así como códigos informáticos específicos que permitieran su rastreo en caso de dedicarse a fines distintos a los fijados o en cantidades distintas a las habituales. Para cuándo poner algo así en marcha… Para cuándo detectar si esos ahorros que nos anuncian en determinados concursos se destinan a mejoras en la eficiencia o, bien al contrario, se traducen en recortes de salarios y aumento de beneficios. ¿Os imagináis un futuro en que cada partida presupuestaria tuviera un Código? Código verde, por ejemplo, presupuesto sanidad, código verde detectado transferencia a empresa matriz, destino a país con IVA reducido. Riingg, Riingg, saltaría la alarma ¡¡¡ALARMA, ALARMA!!!,  luces verdes en el centro de control de gasto, rastreo a tiempo real de la operación para comprobar su idoneidad… Mejor, mucho mejor, a esperar seis, siete, ocho años a que quizás se detecte, digo yo. ¿Para cuándo terminar con este endemoniado juego de trileros?

                      HETERODOXA

12/11/14

TATUAJES, por Heterodoxa


        Los que me siguen, si es que alguien lo hace, saben de mi afán por el futuro y mi afición por la ciencia ficción. En otro mundo y otro tiempo hasta me animé a hacer algún pinito.  Luego, la realidad de esta época tan parecida a un relato distópico del futuro me ha hecho abandonar temporalmente esa senda. Pero el otro día, una noticia me hizo concebir el argumento para un relato. La noticia era esta: La próxima generación de dispositivos portables podría no estar en la muñeca, sino en el interior del cuerpo mediante pequeños tatuajes o sensores. Underskin del inglés bajo la piel es un tatuaje digital que se implanta bajo la piel de la mano y se carga con el propio calor corporal.

        Hace tiempo que se viene hablando de dispositivos portables, aunque hasta ahora más bien se referían a llevarlos insertos en la ropa o el calzado para ayudarnos a controlar la pisada, la velocidad de marcha o hasta la tensión y la temperatura. También se anunciaban dispositivos en el reloj o en la sortija o hasta en broches o en las uñas. Ahora la noticia es que se implantarán bajo la piel. Se comenta ya como una realidad y hasta se le pone fecha, unos cinco años. Ya se sabe que en esta evolución exponencial a la que estamos asistiendo, bien al contrario que hace una década, cuando se marca un periodo de tiempo nunca aciertan porque casi siempre ocurre antes.        
      ¿Os imagináis un pequeño tatuaje que lleve insertado un sensor y nos permita abrir puertas, utilizar monederos portátiles, avisarnos de la cita con el médico o con la peluquería por ser más livianos? Pero también controlarnos las subidas bruscas de tensión o las pequeñas arritmias. Hasta aquí todo bien. Pero un dispositivo como ese puede comunicar información que no nos interese que se conozca, como dónde estamos en cada momento, qué encuentro hemos tenido que nos ha provocado esa taquicardia súbita… o cuanto hemos bebido el día anterior y otras muchas situaciones que dejo a la imaginación del lector. En cualquier caso aún tenemos unos años para irnos preparando. Y en esas estaba, imaginando cómo prepararme para ese futuro, cómo conseguir el on–off, qué información restringiría y cómo, bueno, ese tipo de cosas… cuando se me ocurrió el argumento. 

       La historia comenzaría con el aterrizaje de terrestres del futuro, o sea nosotros dentro de unos años, en un pasado incierto, en un paraje de selva verde manzana con olor de cocoteros  y sabor  a mango maduro. El motivo de ese viaje a nuestro pasado lo dejo a vuestra elección: búsqueda de especies en extinción, de plantas terapéuticas, de un determinado gen que protege de ciertas enfermedades o de un viaje programado en pos de  otros  mundos más libres… El caso es que esos humanos llegarían con cara y manos marcados con una especie de tatuajes que les permitirían hacer cosas impensables para los habitantes de la zona: comunicarse entre ellos sin necesidad de la cercanía, abrir puertas de vehículos con solo la voz, curarse heridas mediante movimientos de manos o esa capacidad adivinatoria que conseguía encontrarles en el escondite más recóndito. 

       Todo eso lo hacían esos humanos llegados del cielo solo susurrando o tocando unos pequeños dibujos de líneas de puntos que les sobresalían del cuerpo. Qué pasó con ellos, qué les enseñarían a los locales, qué aprendieron de ellos y si sobrevivieron años, décadas o siglos en ese espacio-tiempo es una parte del relato. Pero la clave de su presencia, el final del relato, estaría en esos tatuajes que cubren el cuerpo de determinadas tribus, tatuajes transmitidos en ceremonias de iniciación de padres a hijos y que presumen les confieren un halo de protección, de poder, de distinción de jerarquía y hasta, dicen algunos, de energía cósmica…; o también en esos pergaminos de líneas de puntos de los aborígenes de Australia que según dicen son mapas de sueños… De sueños de quién, de quienes, de cuándo, de dónde.
               HETERODOXA 

8/10/14

LOS SUPERSÓNICOS, por Heterodoxa


El otro día me acordé de una peli de dibujos animados que me encantaba de pequeña, hace de esto algunos, muchos años, se llamaba los Supersónicos y eran los Picapiedra del futuro. Pasaba allá por el año 2060 y muchos de los inventos que en ella aparecían como coches voladores o helipuertos en las azoteas de las casas o la comunicación sin cables, los móviles, las pantallas curvas o la telemedicina son ya casi realidades. Una conferencia  de  Jeremy Rifkin [i]  comentando la nueva revolución económica que se nos viene encima  me los trajo a la memoria. A este economista con muchos libros y algunos años, unos le tachan de utópico, otros de visionario, algunos gobiernos le tienen como consejero, otros le consideran un embaucador, a mí, en todo caso, me obligó a reflexionar. Hace unos meses escribí sobre esa tendencia que me parecía vislumbrar de un nuevo modo de hacer, vivir, trabajar  entre jóvenes y no tan jóvenes, ese nuevo hecho de compartir y colaborar. Compartir y colaborar en el trabajo, en  nuevos espacios de conocimiento, en el transporte, en el ocio. Con que acierte, pensé, solo en una décima parte de lo que vislumbra, lo que está por llegar es más, mucho más, de lo que creí entrever  a través de mi mirilla. Un nuevo universo donde la conjunción de los desarrollos en telecomunicaciones, junto con los nuevos modos de generar energía y la revolución en el transporte, desde drones hasta coches eléctricos o vehículos sin conductor, dejarían sin efecto muchas de nuestras rutinas cotidianas, muchas de las actuales industrias, y con ello, como ya comenté,  modos de trabajo, tipo de profesiones, etc., etc.



Se nos anuncia un nuevo universo económico, la tercera revolución industrial, que de alguna forma viene precedida de los avances ya avistados en los nuevos modos de consumir, lo que él denomina la sociedad de coste marginal cero. Es decir, afirma, que el hecho de que el coste de producir muchos de los productos se haya reducido considerablemente  y que en muchos casos el coste de producir una unidad adicional de producto, una vez amortizados los costes fijos, tienda a cero, ha facilitado la auto producción de música, la creación de  nuestros propios libros o la bajada por uno mismo de vídeos. Pero este cambio de paradigma que empezó por la industria de contenidos culturales, ayudada por el tremendo desarrollo de las telecomunicaciones y la mayor disponibilidad a Internet, y que mucho han considerado un hecho reducido solo a ese sector, parece que avanza imparablemente en muchos otros sectores industriales.

Este cambio no llegaría de un día para otro, durante un cierto número de años coexistirían  dos formas de economía o dos modelos económicos, Pero va a obligar a una diferente percepción del producir y consumir, a esos nuevos consumidores les/nos ha bautizado como prosumidores, porque a la vez producen y consumen. En su teoría señala que la tercera revolución industrial vendría marcada, como ya pasó con la primera y la segunda, por la coexistencia en un mismo momento de tres avances disruptivos, en este caso, el Internet de las cosas, las renovables y  las nuevas infraestructuras. Ese mundo nuevo que él visiona hará obsoletos muchos de los actuales planteamientos y  la forma de vivir. Aunque no todo sea negativo y hasta nos sugiere cómo y dónde se crearan nuevas profesiones para facilitar la integración del individuo en este nuevo hábitat tecnológico. Yo, en un acto de fe visionaria, me lo creo. Pero me inquietan los posibles efectos si ante esa realidad no se reacciona a tiempo o cuando se reaccione sea ya demasiado tarde. 

Sin embargo, de este nuevo universo que nos cuentan ambicionaría más creatividad para el día a día y que nuestro relato de futuro se acercará más a la vida de los Supersónicos.  No solo por el hecho de trabajar, como trabajaban en la peli, tres días a la semana, sino porque esos avances se reflejen en la vida cotidiana. Por ejemplo, cómo puede ser que los portales financieros sean autopistas de seis vías o más y no se pongan en marcha  aplicaciones, apps, para cambiar fácilmente de una compañía eléctrica a otra, para cuándo los trabajadores enfermos ya no necesitaran recoger ellos mismos sus bajas, sic, y llevarlas al lugar de trabajo y exista una aplicación TIC que envíe de forma automática el documento al empleador o para cuándo menos drones voladores y más robots para las tareas domésticas a costes accesibles o cómo es que no se estén buscando ya alternativas, como en otros países, para que la inversión en renovables sea deducible para el particular y no solo para los grandes inversores, ó, ó… Podría seguir y seguir, lo que no me gustaría es que al final nuestro relato se asemeje más a  la novela  zona exterior,  de Paul Theroux. Yo, sin dudarlo, me quedo con el de los Supersónicos.  Llámenme ingenua.




[i] La sociedad de coste marginal cero: El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo. Editorial Paidos. Jeremy Rifkin.

3/9/14

THINK, SMELL, TOUCH, FEEL, por Heterodoxa

                        

La canícula veraniega llena mi moleskine de notas fugaces, comentarios al dorso, reseñas evanescentes, artículos por releer…, más o menos como creo nos pasa a casi todos, inmerso el cerebro en esa misma fugacidad que acompaña a los días de estío. La lista de mi moleskine vuelve llena de todas esas cosas que debería, tendría que haber hecho, pero que no he tenido tiempo. Tiempo o ganas, no sé.
Entre los artículos efímeros que he ido moviendo de una tumbona a otra, hay dos que no me resisto a comentar. Uno informaba de la celebración de una convención que tiene lugar todos los años: Feria Virtuoso. ¡¡¡FERIA  VIRTUOSO!!! Así se llama, no sé si deriva de virtud o de virtuosismo, aunque supongo que ambas palabras tienen la misma génesis —tengo que buscarlo, apunto  en mi moleskine—. Por lo visto, esa feria reúne a lo más granado del turismo de lujo, una especie de meetmaching  entre compradores (agencias de viaje) y proveedores del “lujo”. La cita tiene lugar, por si hay alguna duda sobre el tipo de lujo a que se refiere, en un hotel de las Vegas y el evento al parecer consiste en múltiples citas por un breve periodo de tiempo, donde los posibles compradores escuchan lo que el proveedor del lujo les ofrece. La foto que acompaña la reseña habla por sí sola. Imaginaos una gran sala, sin ningún tipo de separación, algo así como un salón para bodas monumental, con arañas imitando cristal de bohemia que cuelgan de aquí y allá, poblada de mesas, pegadas unas a otras, que si entrecierras los ojos recuerdan las celdillas de una colmena, y el suelo, ¡oh, el suelo!, una moqueta entre mostaza y marrón con arabescos que buscan imitar dibujos persas pero más parecen caleidoscopios de pesadilla; una de esas moquetas que con solo mirarla uno puede sentir los campos de electricidad que genera y las colonias de bichos que seguro la pueblan. 
Y ante ese escenario me dio por preguntarme sobre el perfil de los compradores. De los proveedores me preocupé menos, imagino que cualquiera, sea país desarrollado o emergente, empresa privada o institución, querrá entrar a formar parte de esa categoría, otra cosa es lo que a lo mejor tengan que hacer para poder entrar en ese exclusivo club. Si uno decide buscar un viaje de lujo, pongo por caso, de verdad se dejaría aconsejar por alguien que se siente cómodo en ese escenario. Aunque me da la impresión que estos “compradores” decidir, decidir, deciden más bien poco, que todo está pre-configurado. Claro, que si a mí me preguntaran qué considero un viaje de lujo no me inclinaría por grandes cruceros rodeada de gente sin espacio para escuchar las voces de otras culturas, ni hoteles que situados en “paraísos” lejanos te encierran en una burbuja de comodidades, por eso de sentirte como en casa, donde uno encuentra todo lo necesario, hasta exclusivas ofertas de artesanía de la zona, y que con un poco de suerte a lo mejor vuelves sin ni siquiera haber entrado en contacto con los pueblos de alrededor. Más bien me quedaría con la otra acepción de lujo, “…cosa muy buena o extraordinaria”.
Está claro que ese mundo exclusivo tiene sus adeptos, no hay más que ver las cifras, mueve unos 25.000 millones de euros. Y es que el reclamo de estos tiempos parece regirse por las etiquetas de exclusividad, exclusividad que da el dinero. Ese parece ser el criterio. Aunque no me engaño, el verdadero lujo seguro que lo disfrutan los que mueven los hilos, esos que compran islas remotas solo para ellos. Eso se anuncia poco, claro, no facilitaría el movimiento de transacciones.
Al hilo de esta noticia, hubo otra que atrajo mi atención. Por lo visto se ha puesto de moda un negocio dirigido a aquellos, aquellas, que pertenecen a estratos socioeconómicos con muchos medios y poco tiempo, y que dejan en manos de una especie de headhunters del plano sentimental, matchmakers les llaman, la búsqueda de su pareja. Vamos, un mix entre nuestras antiguas celestinas y las organizadoras de matrimonios de las sociedades indias y chinas. Dicen que la búsqueda de esos headhunters no está basada en bases de datos ni en algoritmos específicos, pero no dicen cómo lo hacen. ¿Puesta en valor de networks especiales? Quizás. Otro tipo de exclusividad. De repente me dio por visualizar, la imaginación me pierde, una escuela de señoritas/señoritos del siglo XXI enfocada a responder a las futuras demandas de los grandes líderes empresariales y decisores de opinión, pero que a su vez recibieran formación en otro tipo de habilidades no buscadas, más de tipo topo, para entendernos, de quién. ¡Aah, aah!  Ya sé, ya sé, pero un poco de ciencia ficción de vez en cuando tampoco viene mal… y casi, casi, que yo de tener esa necesidad me quedaría con las casamenteras de toda la vida, por si acaso.   
Unos y otros al parecer prefieren delegar en terceros la búsqueda de su felicidad, de su ocio, de sus placeres. Como si en la confirmación del otro, en su plácet, en su valoración, encontraran aquello que les reafirma que les permite pertenecer a un cierto estrato, como si en esa pertenencia encontraran su razón de ser y estar. Quizás a ellos habría que recomendarles la visita a la exposición de Richard Hamilton, no solo por su análisis esclarecedor sobre el poder de la cultura de masas, sino por su papel de precursor, de generador de tendencias y esa habilidad para la reflexión crítica entre el juego, el guiño y la ironía. En particular un pequeño cuadro se me ha quedado agazapado entre los pliegues de la memoria, es un collage de una cara con las etiquetas think, smell, touch, feel… Quizás es eso lo que habría que recordar, que en eso consiste el viaje, el encuentro, la búsqueda, la vida: en el pensar, oler, sentir, tocar…


P. D.: 
  • Cuando ya había escrito el texto, fui a ver la película Viajo sola y hay una escena en un spa de un hotel de lujo, con un dialogo muy interesante, que os recomiendo, viene mucho al caso. Ya se sabe, como alguien dijo, no hay casualidades sino causalidades. 
  • Todas las fotos que acompañan al texto, excepto la que lo encabeza, son de Richard Hamilton.

HETERODOXA


...Me desperté y vi la luz del amanecer en las mirillas de la persiana. Salía de tan adentro de la noche que tuve como un vómito de mí mismo, el espanto de asomar a un nuevo día con su misma presentación, su indiferencia mecánica de cada vez: Conciencia, sensación de luz, abrir los ojos, persiana, el alba.
JULIO CORTÁZAR