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21/10/15

"DEFENDIENDO MI TERRITORIO", por Ángel Sánchez


           A menudo me siento como un mastín defendiendo su territorio. No es que alguien intente entrar en mi casa o en mis terrenos, pero con frecuencia veo invadida mi intimidad y he de reconocer que me altera. No quiero ni pensar qué pueden sentir los famosos, constantemente vigilados y perseguidos. Por ello, cada vez entiendo menos a la gente que quiere serlo. 
             Supongo que os empezaréis a preguntar qué es lo que altera mi espíritu, de naturaleza tranquila según dicen la mayor parte de los que me rodean. Tardaré unas pocas líneas más en contar lo a ver si alguno va vislumbrando a qué me refiero, porque seguro que lo sufrís como yo. Apuesto a que también te roban algo de tu siesta, te interrumpen justo cuando el león está a punto de alcanzar a su presa, cuando el aceite está en su punto para freír o, simplemente, cuando estás relajado y tranquilo. Son una plaga que se te mete en casa y no es fácil de combatir.

  Lo digo ya: son los/las telefonistas que te ofrecen la mejor oferta de telefonía no comparable con ninguna de la competencia, o el seguro más adecuado para tu hogar o para ti. ¡Ja! De todas las que llaman alguna ha de ser peor, o lleva engañifa incorporada. Miras el número que aparece y te dices: no descuelgo. Peor, porque seguirán insistiendo y te interrumpirán todos esos momentos sublimes que acabo de relatar. Deberían entrar como un artículo más en la ley de Murphy: estás haciendo algo que te urge, apetece o interesa, pues recibirás una llamada inoportuna.

A cualquiera que se lo cuentas te da un remedio casero, y yo he probado alguno pero inútilmente. No sirve que digas que eres el criado de la casa, que eso lo lleva tu mujer o, en plan Woody Allen, que mañana te vas a suicidar… El que te llama es una persona pero quien te tiene fichado es un ordenador y, cuando el azar o el turno lo indique, allí estarán atacándote de nuevo, inmisericordes con la angustia existencial que te produce. Y no intentéis convencer a la persona que os llama de que os quite de sus archivos. Están programados para hacer caso omiso a esa petición o para no poder ejecutarla. Y aun cuando contestas con voz destemplada se atreven a preguntarte por qué no te interesa su producto. Como ya ves que no hay manera y decides colgar, sigues oyendo al otro lado del teléfono mientras lo retiras de tu oído: ¿por qué…por qué… por qué?
  Además de molestarme, me incomoda enfrentarme a quien está al otro lado del aparato, que al fin y al cabo está buscándose las habichuelas en un momento, además, en que están caras de conseguir. A veces me siento grosero y maleducado con ellos, y eso también me hace sentir mal. Aunque me consuelo enseguida pensando que los maleducados son ellos —sus empresas— que se meten en casa ajena sin que nadie les haya invitado y aun instándoles a marcharse no lo hacen.
Algunas compañías ahora tienen la “deferencia” de mandarte un mensaje de móvil diciéndote que próximamente te llamarán. En el mensaje te envían una web donde puedes darte de baja si no quieres que te molesten. Ni lo intentéis. Está preparado para que solo hackers del Pentágono puedan dar con la fórmula. Cabreo añadido: no solo me molestan sino que me hacen perder el tiempo. Me pregunto por qué me tengo que estar dando de baja en algo en lo que no me he dado de alta, y me hace sentir un nuevo personaje kakfiano. En esos momentos me río a carcajadas de la Ley de Protección de Datos y me siento desamparado. 


  Y no hablemos de los que con un “hola, buenos días, ¿cómo se encuentra?”, traje y vestido de los antiguos domingos, maletín y sonrisa impostada, llevan el proselitismo puerta a puerta; de los repartidores de propaganda (perdón, correo comercial) que, cual pianistas, teclean todos los números del portero esperando una rápida contestación; de los que no se aprenden que el piso de su amiga María Luisa es el de al lado, y que tú estás hasta el apéndice nasal pluralizado de que no sea capaz de aprendérselo y que le resulte más fácil un tímido “perdone, me he equivocado” (vuelto a equivocar, rectifico yo para mí). Me dan ganas de no abrir ni siquiera al cartero tradicional, al de Correos. Total, solo va a traer facturas, que en el mejor de los casos ni siquiera serán para mí. ¿Realmente son tan pesados? ¿Es que me estoy haciendo mayor, o soy cada vez más celoso de mi intimidad? ¿Qué opináis?
ÁNGEL SÁNCHEZ

14/10/15

"EL MUNDO ESTÁ ENTARBICUARIQUINADO, QUIÉN LO DESENTARBICUARIQUINARÁ", por Heterodoxa



La profusa aparición en los últimos tiempos de artículos, entrevistas, libros, notas de editores, sobre las aplicaciones, desarrollos, consecuencias, modelos económicos  alternativos… en torno a las nuevas tecnologías ha tomado tal ritmo que, he de confesar que el montón de recortes que voy acumulando —en muchos casos con un ritmo de caducidad casi instantáneo—, está alcanzando un volumen que amenaza con devorar cualquier otro espacio en mi mesa. Ya no solo se refieren a ello los tecnólogos o aquellos emprendedores que han creado sus startup bajo tecnología apps o web o en un mix de bio-nano-geno tecnologías, sino empresarios, economistas y hasta literatos que ven en la innovación una especie de tabla de salvación de un cierto mundo.
 No seré yo quien no aplauda y anime a esta nueva generación de profesionales que ven en las aplicaciones digitales y en la innovación una nueva forma de emprender y que en su utilización de las redes sociales están favoreciendo espacios de colaboración. Tampoco, como ya he escrito en EL ÁTICO alguna vez, creo que esta nueva economía no esté exenta de peligros y que de no planificarla —tarea que no compete al emprendedor—, ahora que todavía estamos a tiempo, con una visión holística podría convertirse en una distopía. Digo todo esto porque acabo de ser  testigo fiel de una de las disfuncionalidades de esta nueva realidad.
Desgraciadamente, estos días he tenido que bregar con el cambio de instalación de ADSL a fibra óptica. Lo peor no han sido los tiempos muertos, las múltiples llamadas para conocer el día, las horas perdidas en la espera…, ni siquiera la lucha, porque de lucha se ha tratado, aunque felizmente no ha habido que lamentar victimas, para conseguir que me cambiaran un router de última generación que se empeñaron en instalarme.
—Lo mejor, esto es lo mejor del mercado —decía el técnico tan ufano— ¿Ve? Fíjese, fíjese  qué velocidad de conexión wifi alcanza.
Tan bueno,  tan moderno, que era incapaz de reconocer a mi portátil. La velocidad solo se alcanzaba con el portátil del técnico —en algunos momentos aún me surge la sospecha de si los tendrán amañados para funcionar con ese router —. Pero, claro, eso era culpa de los drivers de mi ordenador —los drivers, a saber que será eso—, lo que tenía que hacer era cambiar los drivers. Esa declaración que parecía ensayada ante el espejo  te la decían con cara de BUUUF…, vaya tecnología obsoleta que tiene!!! Con eso y la afirmación pomposa de:
— La instalación está correcta.
Antes de que pudieras reaccionar intentaban escaparse, huir del lugar y traspasarte el problema.
Tampoco fue lo peor buscar argumentos lógicos y  con el sub-lenguaje adecuado,  que ya se sabe que si no has hecho como poco un master en Redes y conexiones Wifi, está difícil conseguir que reconozcan su fallo, suministren algo adecuado a tus necesidades y que interactúe con tus tablets, móviles y ordenadores. He de reconocer que el argumentario que desarrollé no debió de estar demasiado mal porque aunque se hicieron los remolones y tuve que acercarme más de una vez a la tienda física —quince días— y probar por mi cuenta versiones mas básicas, al final he logrado un router menos última generación, menos “lo mejor del mercado”, de los de siempre, con sus antenitas, que se comunica y reconoce a mi electrónica de andar por casa sin  necesidad de cambiar ningún driver ni ir a ninguna tienda a actualizar mi software y hardware.
Pero decía que eso no fue lo peor, lo peor ha sido los múltiples diálogos que he tenido que mantener con las maquinas. Esas llamadas eternas, esa cara de idiota que se te va quedando después de media hora de intentar interactuar con una voz electrónica que no entiende nada de nada. Esa musiquilla que se repite sin parar, esa voz metálica empeñada en decirte en un tono casi imperativo que no comprende tu lenguaje ni tus frases y de repente te encuentras vocalizando y modulando como si el problema estuviera en ti. Una vez más traspasándotelo.
Está vez he tenido suerte y los humanos de la tienda física me han ayudado a solucionarlo. Pero,  en el futuro próximo, cuando según todos esos gurús, muchas de estas tareas se desarrollen por robots, ¿a quién acudiremos? Y cuando esos robots comiencen a empoderarse en esto de la IA, ¿mantendrán el mismo tono imperativo o nos llamaran melones directamente? De verdad, nadie se ha planteado que la irritación de los consumidores va in crescendo y que cada vez más actividades hay que desarrollarlas únicamente vía email o paginas web.  Más parece que las empresas que ofrecen esas infraestructuras en muchos casos no están a la altura de las necesidades o pueden que sean los consumidores lo que no lo estén, pero de cualquier forma una hoja de instrucciones o un 1002 con lenguaje metálico y estrambótico no parece la solución. No sé, no sé, pero cada vez que aparece una noticia sobre posthumanos cibernéticos me los imagino teniendo que bregar con caídas de redes, troyanos, fallos de fibra, eso sí, solos sin ayuda de los técnicos. Cambiemos el final y que no sea como en la novela de Doris Lessing, Shikasta, donde todo sucumbe por pequeños fallos acumulativos y cada vez mayores en la tecnología.
HETERODOXA
PD: Las imágenes de los cuadros pertenecen a la última exposición de Gordillo. Solo los títulos: 1. Es-esto-el-futuro;  2. La araña; 3. Operación a corazón abierto; 4. La manzana de Eva,  ya presienten esta nueva vecindad entre lo digital y lo analógico, lo virtual y lo real, la colectividad y el ser disociado.

16/9/15

"EL ETERNO RETORNO DE LO IGUAL O LOS CÍRCULOS DE LA HISTORIA", por Heterodoxa


Estos días han vuelto a reponer en Madrid, en los cines Verdi, El mundo sigue, película en blanco y negro de los años sesenta con guión y dirección de Fernando Fernán Gómez. Aunque formalmente superó la censura fue, al parecer, autocensurada por los distribuidores y se pasó solo escasas semanas. Cuenta con la actuación magistral del propio Fernán Gómez acompañado por intérpretes excepcionales como Gemma Cuervo, Lina Canalejas, Amparo Soler Leal y un secundario de lujo, Agustín González. Retrato de la España de los sesenta sumergida en una cotidianeidad aplastada por la miseria y la falta de oportunidades, por la mezquindad y el círculo del presente, cada uno de los personajes a su manera, a la única que encuentran, intenta escapar como puede de esa realidad que les ahoga, ya sea a través del juego, la violencia, desafiando las convenciones sociales o al menos intentándolo. Desde los primeros fotogramas donde vemos a un ama de casa, excepcionalmente lograda por Amparo Soler Leal, quebrada por una bolsas que más bien la llevan a ella, vencida por la vida, los personajes aparecen dominados, poseídos por pasiones eternas, amor, odio, celos, envidia..., y en ese enfrentamiento desigual al destino que les corresponde conforman un relato dotado de una fuerza, una pasión, una rotundidad que les va empujando sin remedio, les condena o quién sabe si les redime. Sentimientos que sentimos cercanos, entendibles y que nos permiten posicionarnos cerca de cada uno, hacerlos nuestros y explicarlos.


No me ha pasado lo mismo con ese vídeo viral que ha acaparado las portadas y los noticieros todos estos días. Ese vídeo donde vemos a una periodista sombreada en azul cielo, en un fondo de grises y negros, pulcra, aseada, bien comida y dormida dedicarse a dar patadas y zancadillas a diestro y siniestro —tan irreal que podría parecer una escena orwelliana—. Por mucho que he intentado ponerme en el lugar del otro no he podido. Desde qué sentimientos ancestrales surge esa reacción, qué emociones hacia el otro la explican, cómo de envenenados quizás estén sus circuitos neuronales o qué memorias de sus antepasados surgidas del subconsciente provocan esta reacción tan primaria. Esas son algunas de las preguntas que me sigo formulando.


El miedo a la pobreza, a la ausencia de un futuro, al HAMBRE en mayúsculas, guiaba a los personajes de El mundo sigue. Pero desde qué miedos surge esa otra  reacción. Quiero creer que son actuaciones aisladas que responden a comportamientos patológicos, pero aun así buscar e intentar conformar un relato desde el otro, desde el apaleado, y al mismo tiempo neutralizar esos fantasmas procedentes de un mundo anterior aunque no demasiado lejano, podría ser una buena cosa. Porque encontrarnos con  otra guerra de religiones en pleno siglo XXI sería no haber aprendido casi nada. Convivir con el otro, sentir sus propios miedos, sentirle cercano puede que fuera mejor castigo para ese tipo de desvaríos que las penas tradicionales. También les recomendaría ver películas como Mandarinas o visitar exposiciones como la muestra de fotografías de Josef Koudelka, que se exhibe en estos momentos en la fundación MAPFRE. En blanco y negro, pareciera que ahora para contar la realidad los colores solo distorsionan, sobre esas otras huidas, esos refugiados de otras épocas, esos miedos, siempre los mismos, esas imágenes de botas sin dueño, de invasiones, muros, objetos olvidados, miradas vacías. Esa diáspora hacia lo desconocido.

HETERODOXA

P. D. : Las fotografías pertenecen a Josef Koudelka.

1/7/15

A CUALQUIER CICLISTA, por Ángel Sánchez


Me gustaría que existiera la palabra bicicletero o biciclista para referirme al colectivo del que voy a hablar y en el que me incluyo. Pero en mi búsqueda, el diccionario de la RAE me ha dado en las narices. Lo de ciclista me pone en la mente a Pedro Delgado, algo menos a Induráin, y ahora a Contador. Y realmente no me parece estar practicando la misma actividad que ellos. Bienaventurados los aficionados a la moto que se pueden llamar moteros, sustantivo al que no se nos ocurriría apelar para referirnos a los que desafían las leyes de Newton en los circuitos.
Sea como sea, yo soy uno de esos jinetes modernos que me enorgullezco de montar un caballo metálico para ir a mi trabajo. Me hace sentir libre, oler en primavera el azahar por los jardines que atravieso y ver en otoño los árboles teñidos de atractivos colores. De hecho, es un pequeño aliciente a cada jornada laboral. Además, mi conciencia panecologista (tampoco viene en el diccionario, no la busquéis) queda tranquila. Y lo mejor es que es el medio más rápido, incluido el coche, en distancias no demasiado largas, y sano porque ejercitas el cuerpo.
Hay un problema, no obstante. Bueno, en realidad, varios. Estamos asistiendo, creo que de una forma generalizada en todas las ciudades, al boom de la bicicleta. De hecho, posiblemente es una de las cosas en las que más nos hemos acercado a Europa, sobre todo a esa Europa del centro y norte, rica y en cierto modo arrogante. Pero como todo lo que se desarrolla rápidamente, genera desajustes. En las aceras, antes de los peatones, se cuelan ahora zigzagueantes bicicletas que de atropellarte, no nos engañemos, hacen pupa. No hemos de olvidar que en la acera el peatón es el rey y nosotros unos invitados. Aunque mejor sería matizar: unos autoinvitados incómodos. Sobre todo porque algunos se empeñan en llamar la atención jugando a demostrar su destreza, como si de una atracción de feria se tratara, sorteando y rozando individuos; y otros, haciendo el caballito en un acto de exhibicionismo que seguramente Freud justificaría por alguna carencia, o circulando entre la gente erguidos sobre el sillín, sin agarrar el manillar. En estos casos, casi siempre me viene a la mente aquel chiste infantil: “Mamá, mamá, mira, sin manos; mamá, mira, sin pies; mamá, mira, sin dientes”. Y no es que les desee ese fin, no, simplemente me viene a la mente.
Yo me acuso de que también voy por las aceras cuando no me queda más remedio, porque me asustan los coches. Me recuerdan a alguna película de dibujos animados en la que los coches persiguen a la gente. En el arcén me veo insignificante, en la acera me siento poderoso. Y algunos no solo se sienten, sino que ejercen de ello. Estos no entienden que si un peatón nos obstaculiza el paso, hemos de pararnos, sin asustarle poniendo el manillar en su costado y sin hacer sonar el timbre. Asustar es una forma de agresión, y hay ciclistas que están constantemente agrediendo. Como peatón no tengo por qué dar explicaciones de una detención brusca, de un quiebro inesperado, de un brazo que extiendo para indicar algo a mi acompañante…Quiero ir relajado por la acera sin tener que mirar constantemente por el rabillo del ojo. El peatón está en su medio. Soy yo, cuando ciclista, el que debo estar pendiente y prever todas estas circunstancias, y siempre dejar el mayor espacio posible al pasar junto al peatón. Aunque también doy aquí un tironcillo de orejas a aquellos peatones que deambulan por los carriles-bici, incluso teniendo al lado una amplia acera o avenida, en muchos casos pienso que sin saber siquiera que ese es un espacio destinado a la circulación de las bicicletas. Y qué decir de los coches que no ven mejor sitio para aparcar que estas vías.
   Ilustrando lo que digo, he llegado a ver a un joven —ya no tan joven— en la calle peatonal más concurrida de Córdoba “la Llana” jugar al slalom con la gente, poniendo en peligro un carrito con un niño. El amago de su padre para salir tras él, fueron correspondidos del deseo de mis pies para acompañarlo. ¿El sujeto miró hacia atrás ante los improperios que le caían en su espalda? Lo adivináis. No. Siguió con la misma tranquilidad y sangre fría con la que había jugado entre nosotros. Y lo lamentable es que esto, aunque no es la norma, tampoco es una excepción. Nos estamos ganando los ciclistas fama de hacer el tránsito por la ciudad más difícil y peligroso, incluso ante las mismas narices de un coche de policía como he tenido ocasión de comprobar. Y en Madrid, además, según me cuentan, el problema se acentúa por las bicicletas con motor.
Otros que han visto alterado su espacio vial son los coches. A su ya sempiterna lucha con las motos se han unido las bicicletas. Yo, cuando conductor de coche, a veces no veo o no reparo en esas bicicletas que de repente aparecen al progresar otro coche. O tengo que pisar el freno a fondo en un semáforo en ámbar porque un ciclista se cree en el derecho de cruzar a toda velocidad —o velocidad media simplemente—, en un semáforo que está en verde, pero para el paso lento de los peatones.
Como he dicho, quizá se está dando demasiado deprisa el cambio, sin unas pautas de conducta o educación adquiridas que nos están llevando a una estigmatización como kamikazes por parte de quienes no cogen la bicicleta. O se marcan ahora esas pautas, o nos estaremos lamentando para siempre. Se puede convivir, estamos destinados a ello. Porque nadie querrá renunciar a su medio de moverse, y lamentablemente tenemos que compartir espacio. Todos somos peatones, y muchos conductores de coche y, cada vez más, ciclistas. Aspiremos a defender nuestros derechos en cada una de las circunstancias en las que nos veamos, pero dejemos un margen de maniobra razonable a la otra parte. A esto quizá se le llame educación y al resultado, convivencia. Mientras tanto, yo estoy deseando estar de vacaciones y, desde Alcorcón, coger mi bicicleta para ir a tomarme mi bocadillo de calamares a la plaza Mayor. ¿Alguien se apunta? 

ANGEL SÁNCHEZ

17/6/15

NO TE RÍAS QUE ES PEOR, por Mar Redondo


Leía hoy en la prensa que la compañía Mcann Cyranos, en colaboración con el Teatreneu de Barcelona, ha puesto en marcha un dispositivo que permite detectar cuánto se ríe el público en una comedia y cobrar después, a cada uno, según los minutos de sus carcajadas. ¡Lo que nos faltaba! Que nos cobren por reír. Aunque no sé de qué me extraño, porque ya se está haciendo: ahí están los cursos de risoterapia tan de moda últimamente. Si de por sí tiene delito que necesitemos de cursos para provocarnos la risa, que nos vengan a imponer costes por el número de veces que nos reímos —a la larga seguro que también será por el volumen, la intensidad, el timbre, etc.— ya es el colmo. Se empieza cobrando por reír en el teatro y se acaba haciéndolo extensivo al resto de contextos. A este paso, el popular e hiperbólico “nos van a cobrar hasta por respirar” no andará muy lejos de hacerse realidad, triste y surrealista realidad.

Capitalización de la risa. ¿Qué creía usted, que iba a seguir riéndose toda la vida gratis? ¿Cuántas veces se ha reído hoy? La mayoría nos habremos reído a lo largo del día lo normal —tirando a poco en el mejor de los casos, visto desde un prisma económico—, pero ¡ay de los de risa fácil, que se agarren el bolsillo! A los ya habituales “cierra el grifo cuando no lo uses” o “apaga la luz que está por las nubes” vendrá a sumarse ahora el “no te rías que sale por un riñón”. Y menudo problema, porque aunque el día a día no deja de darnos motivos para perder las ganas de reír, afortunadamente la risa es un resorte impredecible que se pone en funcionamiento incluso a veces en las situaciones menos cómicas o más trágicas. Y es que la risa, como elemento emocional que es, es un acto involuntario, autónomo. Sea interno o externo el estímulo que la provoca, su expresión se activa por sí sola —siempre y cuando, claro, uno no tenga ningún fallo en su sistema límbico, la zona del cerebro dónde se produce— y no es cosa de reprimirla. Pues, señores, ahí hay negocio.
         No son muchas las personas que casi nunca se ríen, pero haberlas haylas. Yo conocí a alguien que lo justificaba diciendo que no es que no se riera, sino que se reía hacia adentro. Si no se trataba de un fallo límbico, yo lo llamaría más bien “hiperautocontrol” o miedo a dejarse llevar por la espontaneidad; en cualquier caso, estos individuos “hiporrientes” se van a ahorrar un pastón, no son nada rentables para el negocio de la capitalización de la risa. En el otro extremo están los que se ríen por todo, bien por querer parecer más simpáticos, bien por carecer o no usar el filtro diferenciador entre estímulos risibles y estímulos no risibles, es decir, por carecer de autocontrol o tener “hipoautocontrol”; vamos, un chollo para el negocio de la risa y una ruina para ellos mismos, los susodichos “hiperrientes”.


Me pregunto si se establecerá un sistema de tarifas mínimas y máximas que garanticen a un tiempo la supervivencia del negocio y la salud económica de los que ríen más de la cuenta; si en los teatros y/o demás lugares donde se capitalice la risa se habilitarán espacios diferenciados a ocupar según que los productores de la misma sean del grupo de los “hiporrientes”, de los “hiperrientes” o de los de gama media; si se recaudará cada vez que generemos risa o a modo de impuesto o peaje de respaldo como la producción casera de energía solar. ¿Por qué iban a librarse la risa, el sol y algún día no lejano las mareas, por muy naturales que sean, de las leyes del mercado de bienes y productos? ¿No hay que generar riqueza para seguir creciendo? Pues ya está, convertimos los bienes naturales en nuevos productos susceptibles de ser evaluados económicamente y ¡voilá!, a generar beneficios. Como diría aquel, en dos palabras, indig-nante, o cosificando que es gerundio, o no te rías que es peor.
MAR REDONDO

10/6/15

VISIBILIZAR LA ASIGNACIÓN INEFICAZ DE LOS RECURSOS, por Heterodoxa



La primera vez que expliqué a mis sobrinos las consecuencias de una asignación ineficaz de los recursos —deformación harvardiana— fue haciendo cola para ver una exposición de realidad aumentada. La organización, quien fuera no viene al caso, había generado una propaganda importante, vía medios audiovisuales, televisión, radio, periódicos, folletos, etc,… para dar a conocer el acto e implicar a las familias. Esto, claro está, les supuso un cierto gasto. Para nuestro asombro la cola que nos esperaba al llegar daba la vuelta al recinto generando tediosas esperas y el consiguiente malhumor, enfado y abandono de muchos. El problema residía en que había una sola persona para atender las taquillas. Aunque hay que reconocer que ese cuello de botella nos vino bien y permitió que viéramos la exposición a placer, me facilitó la reflexión —y nos hizo la espera más llevadera—, de qué habría pasado si se hubiera dedicado parte del presupuesto a colocar a dos personas en taquilla y qué perdidas tanto en recaudación como en prestigio conllevaba tomar la decisión equivocada.


Más adelante, para que fortalecieran el concepto, les animé a encontrar ejemplos, vía alguna recompensa —esto del pensar hay que ayudarlo—, de situaciones en que los recursos estuvieran asignados de forma ineficaz. Todavía recuerdo alguno de los casos. Como aquel taller de bicicletas que lanzaba una oferta de alquiler por semanas que salía más caro que si se alquilaban por días o esa tienda de ultramarinos que en una resistencia numantina se empecinaba en mantener los precios cuando justo enfrente otra anunciaba en el escaparate los mismos productos a un coste menor. O aquel restaurante de cinco tenedores empeñado en ocupar las mesas de la terraza durante la semana de fiestas. Justo al lado habían colocado un tiovivo de feria que a todo volumen atronaba con la canción del momento, Voyage, Voyage,… al compás de traqueteo insomne del metal entrechocando las guías poco engrasadas de los vespas, triciclos y coches de caballos que giraban en un movimiento continuo solo aplacado por la sirena desorbitada que anunciaba el fin del viaje. Claro, la terraza tenía todas las mesas vacías porque, como bien analizaron mis sobrinos, quién iba a pagar por estar sentado allí.

Luego, más adelante, en un momento u otro de sus vidas se han vuelto a encontrar con el concepto, sea en la universidad o en su trabajo. Sobre todo les hace gracia que sea un principio tan ampliamente utilizado en el mundo empresarial. Pero, visto lo visto, tengo mis dudas que en la vida real se aplique con la misma extensión, sobre todo con los recursos de los contribuyentes que más parece que no sean de nadie o, peor, que pertenezcan a esas élites extractivas que luego encima claman cuando la ciudadanía protesta porque ofrecen resultados son absolutamente ineficaces.


Me quiero convencer de que serán ellos, la generación nacida en los ochenta, más acostumbrados a comparar costes, a utilizar las herramientas de la Red para buscar el billete más barato o el hotel coste/beneficio más óptimo, la entidad financiera con menos comisiones o los portales para compras de energía en común y, hasta el trabajo más acorde a sus conocimientos en ese otro país al que se han visto obligados a emigrar, quienes sea capaces de domar la cabeza de la hidra. Seguro que muchos ya estarán comparando cuánto se paga en esos otros países por ciertos servicios, qué se recibe a cambio, cómo se gestiona y dónde está el valor añadido que justifica ese coste, si es que lo hay. Puestos a imaginar, imagino que falta poco para que empiecen a crear herramientas colaborativas en Red que nos permitan conocer y comparar quién ofrece la mejor oferta para el suministro de un determinado servicio. Y hasta decidir en Red entre todos que suministrador seleccionamos. Y hasta hacerle un seguimiento en función de ciertos parámetros. Vamos, poner en marcha de verdad lo que se viene en llamar el empoderamiento. Porque sentarse a una mesa de cinco tenedores sin presupuesto para el mantenimiento de sus casas o para pagar la calefacción, seguro, seguro no les parece que sea la asignación más eficaz de los recursos, de sus recursos, de los de todos.

HETERODOXA

Imágenes de Abraham Lacalle: El artista expone en la actualidad en la galería Marlborough un conjunto de murales y cuadros bajo el título Tiempo de guerra que refiere a un poema de Ángel Valente. El pintor profundiza en su búsqueda particular de interconexión entre el mundo interior y las realidades visibles e invisibles, mediante el empleo de diferentes espacios en planos superpuestos entremezclados con paisajes exóticos de un colorido brillante y luminoso. La obra actual nos sumerge en unos espacios en lucha, en unos mundos devastados, de árboles desnudos, descarnados o de selva inexplorada donde escondidos entre el verdor palpitante se cuelan elementos de guerra. El impacto de la obra te paraliza, te obliga a hacer una pausa en la exposición, a una segunda mirada que de alguna forma te conduce a la distorsionada realidad social en la que nos encontramos. Como decía Valente en su poema: “ …y aquel vertiginoso color del tiovivo y de los vítores. Estábamos remotos chupando caramelos,…”


3/6/15

COMO LOS GRANDES ESCRITORES EN SUS NOVELAS, por Peter Redwhite


Hace tiempo, intentando dar un poco de sostén teórico a la novela que estoy escribiendo, eché una ojeada a un libro de Teoría de la literatura. Hablo de tiempo porque ayer, en el metro, los retorcidos crucigramas de El País me hicieron pensar en qué sentido tiene acortar las esperas, en el afán de detener el tiempo en ciertos momentos y acelerarlo en esas otras ocasiones.
Los teóricos están convencidos de que el tiempo narrativo no es el de la naturaleza, ni el de los filósofos; tampoco cualquiera de los otros que pueden estar representados en él. Es interesante esto de los tipos de tiempo. A grandes rasgos, distinguen entre el de los astros, el tiempo de los relojes y calendarios (viene a ser el anterior domesticado) y el tiempo psicológico: el que, como diría San Agustín, gobierna el alma.
Pero no hace falta ser San Agustín para darse cuenta de que la duración no es sentida de igual manera por todos, ni siquiera por nosotros mismos (por ahí andan siempre el estado de ánimo y la huella que los hechos dejan grabada en la conciencia). Recuerdo ahora el tiempo de los exámenes de la carrera: hasta tres horas de tensión y concentración máxima que se iban en un suspiro y que me dejaban agotado; es difícil negar la manera en que la persona con la que compartimos una actividad cualquiera influye en nuestra percepción de duración. En literatura, como en la vida, el tiempo se expande, se concentra, adquiere espesor, se diluye… Si se piensa, tiene sentido que el que cada individuo viva y organice su tiempo a su manera haga posible la existencia de los textos narrativos.
Toda esta disquisición acerca de cómo el tiempo no puede considerarse al margen de las cosas a las que afecta viene a cuento de los pasatiempos. Ayer, al comprobar la manera en que los minutos de espera se contrajeron de manera apreciable gracias al crucigrama blanco, pensé en que si recurrimos, como tantas novelas, al viaje como metáfora de la propia vida (si tenemos en cuenta que nuestro destino final lo fija el tiempo de la naturaleza y si aceptamos que el tiempo interior es el auténtico tiempo en lo que se refiere a vivencias), cada vez que realizamos una actividad que nos gusta, que vivimos un momento de los que desearíamos sostener con fuerza, equivale a pisar el acelerador, a hacer más corto el único trayecto del que disponemos.


Pero en la vida se dan montones de estas paradojas y, en este caso, aunque llegue un momento en que nos arrepintamos de haber dejado pasar tantas horas, no queda otra que asumirla: hay que tener claro que el tiempo de verdad se sitúa en el presente, que desde ahí abarca las demás dimensiones, hay que dominar nuestro tiempo de la forma en que lo hacen los grandes escritores en sus novelas.
PETER REDWHITE

12/5/15

ESO NO ES TAREA NUESTRA, por Heterodoxa


Eran las ocho de la mañana, hora en que mis biorritmos no son los más óptimos para el ejercicio intelectual, bueno, en realidad, para casi nada y sin embargo el asombro que me produjo el comentario de uno de mis compañeros de Singapur fue como si me inyectasen cafeína en vena.  Sucedió hace unos años cuando seguía un curso en Harvard. Teníamos que analizar una situación planteada en uno de los casos a estudio y su respuesta “…..eso no nos toca analizarlo a nosotros, esas cuestiones son responsabilidad del Director General”, me dejó sin habla. Insistí un poco por si había entendido mal —las ocho de la mañana—, pero le vi tan turbado que me callé. Me pareció increíble que alguien pudiera autoimponerse barreras en la deriva de su pensamiento y de su análisis. Años después, un artículo aparecido en el Financial Times me dio nuevas pistas. En síntesis el artículo venía a decir que las autoridades de Singapur, alertadas por la falta de determinados perfiles empresariales, buscaban dar un giro en sus programas de enseñanza  con la puesta en valor de actividades creativas y críticas. Viene esto al caso porque no tengo muy claro de qué se habla cuando se habla de sustituir el actual modelo productivo por otro basado en el conocimiento y la innovación.
Esa misma sensación de programación, de auto censura, se me viene repitiendo en los últimos tiempos. Intento convencerme de que pueda deberse al giro hacia la especialización, al enfoque en determinadas habilidades técnicas de nuestro modelo educativo, a esas reformas para adaptarnos a no se sabe muy bien qué y ni si siquiera si sus abanderados saben de lo que hablan cuando nos programan el futuro. A eso, y no tanto a un proceso de auto-inhibición. Cuando algún medio gurú avanza ahora que los conocimientos transversales, el pensamiento lateral podrían llegar a ser casi tan importantes o más que los conocimientos técnicos a la hora de desarrollar visiones holísticas. 
Hace unos años los grandes fondos de inversión se dieron cuenta de que necesitaban matemáticos y físicos y no solo financieros por su conocimiento, entre otras cosas, de las aplicaciones de big data o el desarrollo de algoritmos avanzados para el análisis del riesgo. Entonces tuvieron la suerte de encontrarlos.  Ahora parece que son los departamentos de recursos humanos de las grandes compañías los que comienzan a buscar perfiles con capacidad para conocer, comprender, formular y dar respuesta a preguntas pluridisciplinares y retos sistémicos. La ejecución de proyectos necesitará, dicen algunos, de mentes integradoras que sean capaces de coordinar equipos con conocimientos de disciplinas muchas veces muy alejadas entre sí.  Donde el estudio de la filosofía y las humanidades, el hecho de pensar, que ahora parece quererse reducir a élites diletantes y ejecutivos senior, quizás sea un factor fundamental que diferencie a las sociedades del conocimiento.
Tengo que confesar que, a veces, cuando por una u otra causa he tenido que plantear a mis amigos cuestiones un poco complejas —seguro que es que no formulo bien la pregunta–— muchos me salen con algo como  “…deja, deja, qué pereza, eso me hace pensar…”, como si el hecho de pensar, de analizar, de cuestionarnos no fuera algo connatural al hecho de existir. Será, se me ocurre, que de tanto ser bombardeados con píldoras de pensamiento digerido, de esos argumentarios procedentes de think tanks, se nos está anquilosando el musculo. O quizás que tampoco interese que esa capacidad se desarrolle demasiado, no sea que… Mientras no llegue el día que alguien me vuelva a responder “eso no es tarea nuestra” o remede aquella frase que dijo el mayordomo Stevens en la novela Lo que queda del día de Ishiguro, “eso no me corresponde” o peor, continúe diciendo, “plantea la pregunta a la máquina-robot de pensamiento avanzado XR2 que es la encargada de resolver estas cuestiones”. Porque ahí ya no más. Entre  tanto, espero que cuando llegue el momento aún estén ahí… los pensadores.
HETERODOXA
Las Imágenes pertenecen a René Magritte          

22/4/15

MANOS, COGED Y USAD, por Mar Redondo


Abro la edición digital de la tarde del periódico y me encuentro con dos imágenes  radicalmente distintas, pero en las que los protagonistas podrían ser los mismos. En una de ellas, una adolescente de pelo largo se abraza a una mujer adulta, ocultando el rostro contra su pecho en actitud de quien busca abrigo, consuelo, protección: lo que esa imagen reproduce en realidad aunque no se vea es a un muchacho de trece años que acaba de matar a su profesor. En la otra, un grupo de niños de ambos sexos, algo menores que aquél pero no mucho, sentados frente a una mesa larga corrida se enfrentan en un torneo de shogi, el llamado juego de mesa de los generales o ajedrez japonés. Me choca tal disparidad de comportamientos. Me  sorprende que unas manos que hará apenas nada que han aprendido a atarse bien los cordones sean potencialmente capaces lo mismo de manipular una pieza de ajedrez que una ballesta, como si la mecánica del usar no obedeciese a otra cosa que leyes físicas: está ahí, luego se coge y se usa.

Intento recordar qué cosas hacía yo un día cualquiera a mis trece años, ha llovido desde entonces y me cuesta, pero no tanto como para no poder verme saltando a la rayuela o jugando al escondite inglés en el patio del colegio, montando en aquellos tortuosos patines de correas en la acera de delante de casa o, lo más atrevido que alcanzo a evocar, espiando la entrada a clase de los chicos desde la ventana de la planta de las chicas —aquellos “gloriosos” años de la educación diferenciada—. Siniestro lo que alguna pérfida compañera me hizo vivir, al margen del consabido y despiadado “no te ajunto” y del eminentemente cruel “gorda y gafotas” que he de confesar me hizo mella durante años: el terror a la famosa “mano negra” que se escondía en los cuartos de baño y, por extensión, en toda habitación donde no hubiese un adulto presente para ahuyentarla. Era duro, muy duro. Pasábamos miedo, por la mano negra, por las amenazas de no ajuntamiento, por la mortificación y el rechazo a causa de nuestro tripita no adolescentemente canónica, y estaban las terribles diferencias generacionales, y sufríamos, vaya que si sufríamos, como adolescentes, para qué voy a decir más. Pero no recuerdo, tal vez empiece a estar gagá y debiera consultar las hemerotecas para corroborarlo o tal vez mi mente ha preferido borrarlo, pero, insisto, no recuerdo en aquel tiempo ni un solo caso de “adolescente mata a…”


Cómo sobrevivíamos en aquel entonces a los primeros envites de la vida, no tengo la menor idea; quizá alguna vez tuvimos ganas de matar también, o de morir, o de matar y morir, quién sabe, cada cual que rebusque en el recóndito baúl de su memoria y se responda a sí mismo. Qué recursos o qué patrones o qué motivaciones nos apartaron del abismo y evitaron, no ya que llegáramos tan lejos sino tan siquiera que nos aproximáramos a él, vaya usted a saber. Dice el artículo que acompaña a la foto de los niños jugando al shogi que hay un patrón de actividad cerebral característico cuando se elige una estrategia y que éste es totalmente diferente al que aparece cuando se hacen movimientos concretos”. Y yo me pregunto si un niño de trece años que mata lo hace en un movimiento concreto de solución rápida o bajo una estrategia, y en este último caso si esa estrategia es ofensiva o defensiva, si ataca al enemigo o se defiende de él, si antes de coger y usar contra aquél ese objeto, esa pieza, calcula sobre la mesa de la cocina, de estudio, de los generales, que este gesto multiplicará hasta el infinito el riesgo para sus propias tropas y entonces, sí, levantará la mano y hará el fatídico, irreversible movimiento que nos cambiará a todos la vida.
MAR REDONDO

15/4/15

DECONSTRUYENDO EUROPA O NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE, por Heterodoxa


 “Bruselas frenó la devolución por parte de España de 10.000 millones de euros del Rescate”. Aunque parezca imposible, el caso es que es cierto. Esta noticia apareció en la prensa salmón hace unos días. La razón que aducen para impedir que amorticemos parte del rescate financiero de 2012 es que esto supondría pagar de golpe todos los intereses que los prestamistas dejarían de ganar. De diván de psiquiatra.
Es verdad el dicho de que la realidad supera la ficción. Esto es como si al negociar un crédito hipotecario, quien más quien menos lo ha tenido alguna vez, y querer ir amortizando parte de la deuda, cancelándola para entendernos, cosa que hemos hecho casi todos también alguna vez, nos dijera el banco que dicha quita implica además pagar todos los intereses que la entidad deja de ganar; es decir, traspasar el riesgo inherente del negocio bancario al prestatario. Si hace unos años algún banco hubiera tenido la tentación de ofrecer unas condiciones parecidas —ahora ya cualquier cosa es posible—, nos habríamos dirigido desde luego a la competencia. Porque se entiende, al menos se entendía, que uno solo paga intereses sobre lo que adeuda y que en cualquier momento uno puede deshacer posiciones por encontrar condiciones mejores, o, por ejemplo, por tocarle una herencia o aumentar su capacidad de ahorro.


Bueno, pues no, en estos Rescates, por lo visto, los préstamos tenían como condición que cualquier amortización anticipada, cualquier quita, implicaba el pago de los intereses que a lo largo de la vida del préstamo se hubieran ganado. “El diferencial de interés debe ser cubierto por el país prestatario…”, así reza el texto del acuerdo. Así nos ayudaron, así. Esa fue, al parecer, la condición que impuso el MEDE, mecanismo europeo de estabilidad, para concedernos el crédito de 40.000 millones: si hay costes asociados con la devolución anticipada tendrían que ser asumidos por España. Y todos somos socios. Eso nos dicen. Letra a letra, pago a pago, así, así, vamos construyendo la casa Europea.
Independientemente de la situación económica en que esto nos deja, hay otras consideraciones que me vienen a la mente.  En primer lugar, que las condiciones de la negociación debieron ser a cara de perro para incluir una cláusula de este tipo y obligarnos a aceptarla. Pero, en segundo lugar, si profundizamos un poco más —profundicemos—, se me ocurre que los acreedores no las debían tener todas consigo. Me refiero a que, por mucho que de puertas afuera nos asustaran con todos los males del averno y nos trataran poco menos que como deuda basura, de puertas adentro debía de ser otra la percepción; si tan seguros estaban  de que no íbamos a poder hacer quitas no hubieran incluido esa condición, digo yo. Esa generosidad hacia la cigarra gastadora quizás no era tal, ese rasgarse las vestiduras en determinados países sobre los costes que esos préstamos iban a suponer a las hormigas ahorradoras, visto lo visto, tampoco parece que fuera del todo cierto.

          Mientras en algunos países, Alemania, Holanda, y hasta en menor medida España, los intereses de la deuda han entrado en terreno negativo y en algún caso, como en Dinamarca, los bancos pagan al particular por sus hipotecas, nuestro Rescate, sí o sí, se pagara con el interés de entonces. No parece que hayan hecho mal negocio, no. No les ha ido tan mal con la que está cayendo. That is the question.  Primero les tacho de vivir por encima de sus posibilidades, luego, y en base a esto, murmuro que están medio arruinados, entonces les subo el diferencial de deuda soberana, como no pueden pagar van a necesitan un alma buena que les eche una mano, ahí aparece el MEDE, una vez negociadas las condiciones, entonces sí, entonces dejamos que el BCE desarrolle su política. Pero solo entonces, no antes. Y todavía alguien se pregunta cómo  EE. UU ha salido ya de la crisis y ha desarrollado desde el 2009 una política de expansión monetaria, y nosotros casi cinco años después empezamos a aplicarla. A mí me entran dudas de que solo sea debido a una política equivocada frente a la austeridad. Táchenme de desconfiada, táchenme.

Lo que es innegable es que a diferencia de otros prestamistas, estos nuestros socios, así se llaman, nos han prestado un dinero con poco riesgo, una deuda de la que no podemos sustraernos so pena de pagar unos intereses desorbitados. Sabían algo, saben algo, que nosotros desconocemos. Puede que sí.  No se extrañen que en los próximos meses veamos cosas aún más raras. Ahora vuelven otra vez con la solvencia de las entidades financieras, luego qué será… El caso es tener la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Esta estrategia de ahogo piensan algunos será buena a medio plazo, yo tengo mis dudas. El tiempo lo dirá. Mientras tanto, vayamos  deconstruyendo Europa.
 HETERODOXA 
Las imágenes pertenecen a: (1) Rosemarie Trockel; (2) Lúa Coderch; (3) García Andújar (4) Sara Goldschmied y Eleonora Chiari.
García Andújar, Sara Goldschmied y Eleonora Chiari participan en la exposición Prophetia organizada por la Fundación Miró, Barcelona. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 7 de abril de 2015, invita a una reflexión a través de la obra de veinticinco artistas sobre el proceso de construcción del sueño europeo, con especial énfasis en el momento actual.

8/4/15

EL CINE QUE SE PARECE A LAS NOVELAS QUE NOS GUSTAN, por Peter Redwhite


Abro esta mañana la sección de cultura de la edición digital de El País y no me sorprende dar con un artículo en el que el escritor y crítico Marcos Ordóñez afirma que, al ver algunas de las series de las que todo el mundo habla, piensa en novelas y en teatro: Series: el triunfo de la narración, titula. Y es entonces cuando recuerdo un texto que venía en las transparencias de la parte de lenguaje audiovisual contemporáneo de la asignatura de cine a la que asistí durante la carrera. En él Pere Gimferrer concluye diciendo: “si se cree que las series de televisión es lo mejor que se hace en audiovisual, vamos listos”.  
Me cuesta dar la razón a Gimferrer: recuerdo cómo la vida de los personajes, detestables, cada vez más complejos, de Los Soprano se me hacía cotidiana; mi padre me comentaba hace poco la emoción profunda que le causó una escena de Mad Men en la que Don Draper, de cada mano uno de sus hijos, se queda parado unos instantes al contemplar la casa en la que vivió de niño. Pero, al rescatar las transparencias de la asignatura de cine para copiar la cita de Gimferrer, recuerdo que me explicaron qué distingue el lenguaje de la literatura del lenguaje del cine, que en su momento di bastante la lata con las propuestas de Lynch, P.T. Anderson, Tarr, Yang, Linklater, Wes Anderson y compañía.

Y la verdad es que no sé muy bien qué pensar. Puede que estén en lo cierto los que exigen a los críticos de los medios generales un juicio más allá de me emociona, me llega y me conmueve, pero, bien pensado, ¿no es eso a lo que aspira el arte? Sigo dudando. El profesor de la asignatura de cine me ayudó a apreciar aún más películas clásicas que ya conocía. Me explicó los extremos de un movimiento en principio contradictorio como el realismo poético y, a través de Ozu, me hizo ver que hay veces que poco importa que lo que se cuenta suceda en Japón, en América o cerquita de casa. Está claro que no habría podido entender nada del cine que se hace ahora sin conocer todo esto.

Curiosamente, esta tarde, a la vuelta del trabajo, iba leyendo una novela en la que la autora, Anne Wiazemsky, cuenta su apasionado romance con el desconcertante reinventor del cine: Jean-Luc Godard, tan admirado por el profesor de Lenguaje Audiovisual. Supongo que los verdaderos cinéfilos estarán encantados de conocer de primera mano a Godard, Truffaut y Rivette, aunque es posible que no disfruten tanto el libro como aquéllos que lo leen con total libertad: los nombres de las personas que inician a la vida adulta a Wiazemsky son sólo nombres que suenan más o menos.

La novela autobiográfica de Anne Wiazemsky (ágil, el lenguaje se adecúa perfectamente a lo que se cuenta y a la edad que en aquel momento tenía la autora) me hace pensar en las distintas formas de aproximarse a una obra de arte, es difícil determinar a veces cuál es más adecuada. Reviso el artículo, ya no me acordaba que todo esto venía a cuento del debate acerca de si las series han sustituido al cine. Quizá lo que haya sucedido es que, en general, el buen cine se haya ido alejando del grueso de las salas comerciales, que merezca la pena hacer un esfuerzo por ponerse al día y enterarse de por dónde van los tiros en el cine de ahora, sabiendo que al llegar a casa tendremos la oportunidad de disfrutar de una serie que nos hará acordarnos del cine de siempre: el de historias bien contadas, el de personajes inolvidables, el que se parece a los novelas que nos gustan.
PETER REDWHITE