Muchas han sido las versiones que se han hecho de obras teatrales clásicas en las que se han introducido adaptaciones temporales, geográficas, sociales,
con mayor o menor acierto. En ocasiones, la adaptación se limita a un simple
cambio de vestuario, diseñando uno que no se corresponde con la época en que se
desarrolla la historia contada en la obra original; el motivo de tal cambio
puede ser aproximar la historia y sus personajes al espectador de hoy, hacerlos
más familiares, o bien excitar
resonancias de otros hechos, también pasados pero más recientes, que el
autor/versionador quiere recordarnos. Éste sería el caso de tantas y tantas
representaciones en las que, por ejemplo, los personajes del Siglo de Oro o de la Grecia clásica visten
uniformes nazis o militares, que nos hacen pensar en dictaduras por todos
conocidas.
Ahora bien: uno se pregunta muchas veces si son realmente
necesarias esas adaptaciones. ¿Acaso el espectador no es capaz de vislumbrar el
abuso de poder, la tiranía, las maldades que plasmó el autor original sin necesidad
de recurrir a semejantes artificios? ¿No será el afán de parecer moderno la única razón del adaptador? ¿O
acaso existen otras razones? Durante muchos años se ha venido representando el Tenorio
con las mismas ropas y ambientada en la misma época, sin ningún desdoro para la
obra, sino más bien lo contrario, creando lo que podríamos llamar un mito
iconográfico. Mientras, se han escrito infinidad de textos ambientados en otras
épocas en los que aparece reflejado una y otra vez
el estereotipo del «don Juan» sin necesidad de «revestir» al de Zorrilla.
Un ejemplo reciente de dignidad y respeto a la hora de versionar a
los clásicos ha sido la representación por la CNTC de La vida es sueño, donde
la versión de Mayorga, la dirección de Helena Pimenta y la interpretación de
todo el elenco (con una extraordinaria Blanca Portillo al frente) demuestran
que cualquier otra propuesta hubiera sido innecesaria.
Bien. Hasta ahora sólo he hablado de las adaptaciones
espacio-temporales que, tal vez, no vayan más allá de la anécdota, pero hay
trabajos en los que los cambios me han parecido auténticas agresiones a la
memoria del autor. Los clásicos nos han dejado historias que son universales y
atemporales en su mensaje porque hablan del ser humano, de sus riquezas y de
sus miserias, de sus miedos y de sus ilusiones, pero esos sentimientos pueden
ser cantados o denunciados por personajes actuales en obras actuales, sin
necesidad de traernos de mala manera a los edipos, a las
antígonas o a los caballeros de Olmedo.
Hace un par de años vi en las Naves del Español Antígona del siglo XXI, donde las
referencias a la guerra civil, a la memoria histórica, a Irak, al asesinato de
José Couso, son más que evidentes. Vale. Si es tan grande la necesidad de
hablar de ello, ¿por qué no escribir obras sobre la guerra civil, o sobre
nuestra participación en Irak, o sobre la muerte de Couso? ¿Por qué convertir ridículamente
al adivino Tiresias en un cámara de TV? ¿Es necesaria tanta manipulación para
hablar de la guerra y del poder?
En el dossier
que publicó el Teatro Español, el director y adaptador de la obra, Emilio del
Valle, nos dice entre otras cosas: “Nada es más intemporal que una guerra.” “…Por
eso, una guerra es igual a otra, y ésta a otra, y así hasta la extenuación.”
Por eso mismo, añado yo.
Y ahora vamos con otro tipo de adaptación, como es el realizado por
la compañía 611Teatro de la obra Los justos,
de Camus, que representarán en el Matadero de Madrid del 1 al 26 de octubre.
En la nota
informativa del Teatro Español se dice: «…En
el texto, Camus sumerge al espectador en la revolución rusa de 1905 y en la
inconformidad de un grupo de revolucionarios que quieren atentar contra la
tiranía del zar. El autor habla de ideales,
de terror, de quiénes lo ejercen y de sus “justificaciones” mostrando la fina
línea que separa el más bello ideal de la más aberrante acción.”
Sí, pero el
autor, Camus, hablaba, QUERÍA HABLAR,
de rusos, no de etarras.
Me parece
buena la idea de aprovechar el texto de Camus para poner sobre las tablas el
problema de la ETA
en su dimensión moral. Estupendo. La diferencia puede parecer irrelevante, pero
en lo sustancial creo que es importante. Camus, en su obra, hablaba de los
medios utilizados en la lucha para implantar el estado socialista; porque la
obra forma parte de su propia «lucha» intelectual contra el comunismo. No
podemos ahora introducir matices, como si diera igual hablar de esos
revolucionarios rusos o de etarras, o de vaya usted a saber de quienes más. No.
Cada palo en la historia tiene que aguantar su vela y más vale no mezclar. Dejemos
el nombre de Camus ligado a esos protagonistas y no a otros. Aquí no hablamos
solo de personajes; hablamos de protagonistas de la Historia con mayúsculas. La
adaptación podría haberse hecho con otro título citando que se basaba en la
obra de Camus, en lugar de publicitar carteles en los que los adaptadores se
«apropian» del nombre del autor original para otros fines, digamos, no exactamente teatrales.
JUAN M. QUEREJETA
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